Manuel Aguilar Mora

“La pandemia nos viene a la Cuarta Transformación como anillo al dedo”, esta, para decir lo menos, desafortunada declaración del presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) allá en los lejanos primeros días del inicio de la pandemia del coronavirus parece del todo olvidada a principios del nuevo año 2021, en el cual su gobierno cumple sus dos primeros años. Según las encuestas de fin de año promovidas por equipos más menos favorables al presidente (la de Mitofski, la de Reforma, la de El Financiero-Bloomberg y otras más) todas ellas le dan altos niveles de aprobación popular de porcentajes por arriba del 60 por ciento, aunque algunas rebasando con creces en su afán partidista llegan a darle un nivel de aprobación superior al 80 por ciento (¡sic!). El hecho no deja de sorprender y exigir una explicación que vaya más allá de las columnas diarias de politiquería de los medios.

¿Cómo es posible que AMLO sea considerado tan favorablemente siendo que el país ha atravesado precisamente durante esos dos años por una de las peores crisis de su historia reciente, una triple crisis económica, social y sanitaria en la cual su gobierno ha seguido un curso errático y en algunos casos claramente desastroso? Una rápida recapitulación nos dice que en 2019 se profundizó el estancamiento económico y en 2020 México sufrió la mayor depresión en 90 años (un índice negativo de 9 por ciento), con los millones de nuevos desempleados que ello ha implicado, años que han experimentado una violencia mayor que los gobiernos de sus predecesores en homicidios, en feminicidios, en asesinatos de periodistas, en sufrimientos de mujeres, de personas adultas, de indígenas, de campesinos, de grupos minoritarios estigmatizados por su orientación sexual; que es cada vez más amenazante el creciente apoyo gubernamental en las fuerzas militares en un grado nunca antes visto (prácticamente exonerando al general Salvador Cienfuegos al poner en resguardo durante cinco años los pormenores de los informes de la DEA sobre sus crímenes para juzgarlo); que la Fiscalía (FGR) proteja a su hermano Pío, uno de sus operadores favorito y conduzca su “campaña contra la corrupción” de los ex presidentes Calderón y Peña Nieto de tal forma que es evidente que no se trata de una real campaña por hacer justicia sino de una operación de simple diversión política.

Pero es en el manejo de la pandemia en donde la conducta del gobierno de AMLO se ha mostrado a la par con la de la mayoría de los gobiernos del mundo: gobiernos capitalistas confrontados ante la contradicción que los desgarra de atacar adecuada y radicalmente los efectos mortíferos de la pandemia sin afectar al mismo tiempo el curso normal de los negocios capitalistas cuyas ganancias no permiten cierres y confinamientos necesarios para la salud pública. Contradicción que estuvo presente en forma notable cuando los gobiernos tanto federal como de la Ciudad de México desestimaron claramente las señales del segundo brote que se presentó en noviembre para permitir la realización comercial del “Buen Fin” exigido por los negocios capitalistas. El precio no pudo evitarse y el resultado fue el confinamiento mayor de los días decembrinos de fin de año.

México ocupa el deshonroso cuarto lugar en el mundo con los más de 122 mil muertos y cerca de 1.5 millones de casos confirmados de la enfermedad. Y todo debido a la decisión del gobierno de AMLO de hacer prevalecer los negocios capitalistas en detrimento de las necesidades sanitarias que exigen una inmediata satisfacción y de evadir la realidad de la amenaza catastrófica de la pandemia que no puede enfrentarse con los recursos escatimados para la realización de pruebas clínicas a una gran parte de la población, una inversión especial y extraordinaria en la contratación de más personal sanitario, mejores retribuciones a los héroes que combaten hoy en la primera línea a la enfermedad, más y mejores medicamentos y la construcción de más hospitales. (El informe de Hacienda señala que el gasto anual en el sector salud en 2020 fue menor al de 2019. La Jornada, 02.01.2021). El gobierno de la 4T no comprende que una sociedad azotada por una pandemia como la actual nunca podrá tener una economía sana. La politización descarada de la compra de las vacunas no será la pronta solución al problema colosal de la pandemia pues transcurrirán meses para vacunar a toda la población necesitada y además los resultados de la misma no serán tampoco inmediatos.

El gobierno de AMLO no puede comprenderse ni sus emanaciones tóxicas sin comprender lo que sucede en las profundidades sociales de las clases. Tampoco es posible comprenderlo sin recurrir a la teoría y a la práctica ideológicas y políticas reconocidas, sería como inventar en cada coyuntura nuevos conceptos. La trasmisión del conocimiento humano exige aprender de las experiencias pasadas, no se puede renunciar a ellas. Los nuevos fenómenos tienen su historia. El obradorismo no puede ser comprendido sin lo sucedido con la experiencia fallida de la “transición democrática” de 2000-2018, un ensayo por establecer una democracia burguesa, protagonizada por el PRIAN. Los capitalistas dominantes, los amos de México, nacionales y extranjeros, se dieron cuenta que no podían forzar la supervivencia del proyecto del PRIAN cuyo fracaso creó una peligrosa exacerbación de las contradicciones de clase. Se vieron entonces obligados de tolerar para preservar sus propiedades, la dominación cada vez menos controlada de un aparato policial y militar en cuya cumbre se coloca “un salvador” cuya tarea es prevenir las explosiones de la sociedad burguesa. Esa situación es la que produce los bonapartismos. La historia política mexicana del siglo XX ya había mostrado con creces el funcionamiento de este tipo de dominación política. Por supuesto se trata del largo imperio del PRI. No debe por tanto sorprender lo que pasa actualmente con el obradorismo. Ya en sus fases finales el priismo mostró sus características claramente reaccionarias contradictorias con sus orígenes “revolucionarios”, en especial de la época de Lázaro Cárdenas.

La superación de estas situaciones bonapartistas tóxicas cada vez más contradictorias de la lucha de clases se dará con el surgimiento de una población de trabajadores con conciencia de clase, de un pueblo que no deposite su destino en las manos de un caudillo, de un guía salvador, sino en sus propias fuerzas con confianza en sí mismo. La justificación barata del presidente y sus seguidores de que todavía padecemos los estragos del legado desastroso de los nefastos gobernantes del PRIAN apenas cubre la situación de un gobierno que sigue manteniendo el régimen de la llamada por el propio AMLO en sus largas campañas electorales, la “mafia del poder”.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *