OAH BASSIL, KARIM ALE, GABRIEL BAYARRI

VIENTO DEL SUR, 23 OCTUBRE 2020

El estallido de la covid-19 ha provocado una nueva serie de debates sobre la naturaleza de la crisis del capitalismo y en lo que puede resultar. Los niveles de desempleo y la escala de la recesión económica son hasta ahora sólo comparables a la Gran Depresión de la década de 1930. Esto ha llevado a múltiples medios de comunicación y revistas occidentales influyentes como The Economist y Foreign Affairs a predecir el declive de la hegemonía estadounidense y, por tanto, la desaparición del orden mundial neoliberal surgido en la época de la crisis mundial de los años setenta. Esto plantea la cuestión de si el declive del orden mundial neoliberal ha surgido de la pandemia o si la crisis de hegemonía se produjo mucho antes de la actual propagación de la Covid-19.

La noción de crisis de hegemonía o bonapartismo puede entenderse inicialmente a partir de los escritos de Karl Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Según Marx, el bonapartismo es un fenómeno político que pone fin a una época progresiva concreta como la Revolución francesa de 1789. Marx construye inicialmente la idea del Bonapartismo en el fin de una fase jacobina de la Revolución francesa, en el afianzamiento del Estado que representaba el interés de la élite burguesa y en el ascenso de Napoleón Bonaparte I en 1805-1814. El sobrino de Napoleón, Luis Bonaparte, en 1848-1852 pone fin a la revolución de 1848 aplica la «tragedia» original con la repetición de la historia en forma de «farsa». Otro aspecto de este texto que hemos encontrado influyente es que Marx identifica la crisis de liderazgo de las clases dominantes como la condición crucial en la que se basó el ascenso de Luis Bonaparte. En este vacío, Luis Napoleón supo representarse a sí mismo como paladín ante grandes sectores de la población, especialmente los trabajadores rurales, que consideraban que el sistema político no reflejaba sus intereses.

Los dos ejemplos de Marx ponen de relieve la forma en que un líder bonapartista se sitúa por encima de las clases y el conflicto de clases en una situación en la que ni la burguesía ni el proletariado pueden establecer un dominio sobre el otro. Es en esta situación, y donde hay una ausencia de equilibrio de poder entre las fuerzas en conflicto, lo que allana el camino para que surja un hombre fuerte como líder bonapartista que eventualmente devuelva el dominio a la burguesía.

Los ejemplos mencionados anteriormente fueron centrales para otro pensador marxista, Antonio Gramsci. Para Gramsci, una élite gobernante es hegemónica o no hegemónica. La hegemonía para Gramsci implicaba la construcción de un sistema, material, institucional e ideológico que estaba en el interés de la clase dominante pero apoyado por una sección transversal de otras clases a través del consenso. Un sistema capitalista hegemónico es aquel en el que todo un sistema social se construye sobre la base de cómo beneficia mejor a la burguesía, especialmente a la fracción de capital que controla las alturas dominantes de la economía, mientras que presenta los beneficios de los capitalistas como el interés de todos. Cuando la fachada de este sistema se erosiona en momentos en que el sistema ya no puede ofrecer un mínimo de prosperidad o seguridad a las masas, puede surgir una crisis de hegemonía como en los años treinta, setenta y más recientemente, como sostenemos, desde la actual crisis financiera mundial desde 2008.

La crisis de hegemonía se produce cuando las fuerzas en conflicto son incapaces de establecer un dominio sobre sus rivales. La «crisis», como explica Antonio Gramsci, es “…lo que se llama «crisis de autoridad». Si la clase dominante ha perdido su consenso, es decir, ya no es «dirigente» sino sólo «dominante», ejerciendo únicamente la fuerza coercitiva, esto significa precisamente que las grandes masas se han desprendido de las ideologías tradicionales y ya no creen lo que antes creían, etc.

La perspectiva de Gramsci sobre la hegemonía y la crisis de hegemonía se ha incorporado en varios campos para explicar los órdenes nacionales y mundiales, y las luchas que impregnan la política nacional y mundial.(Cox, 1982). Nuestra sugerencia aquí es que una combinación de Bonapartismo y Cesarismo proporciona una herramienta teórica útil para entender la actual crisis de hegemonía y la aparición de, lo que argumentamos, son los líderes neo-bonapartistas, siendo notables Donald Trump en EE UU o Jair Bolsonaro en Brasil.

En los siguientes apartados reflexionamos utilizando como base contextual la crisis de la hegemonía neoliberal. El próximo artículo profundizará en las ideas planteadas en este artículo inicial. Los siguientes artículos examinarán la crisis de la hegemonía neoliberal a nivel mundial, en los EE.UU., en Brasil y en el Oriente Medio.

Los fenómenos de Trump y Bolsonaro

Este apartado aborda un tema que surgió en las discusiones de diferentes académicos sobre el lenguaje que se está utilizando para describir a los líderes populistas de derecha contemporáneos en este período de crisis del orden capitalista neoliberal. Un número significativo de académicos, incluyendo académicos marxistas, han etiquetado a Trump y Bolsonaro como fascistas 1/. Ninguno de nosotros llamaría a Trump o Bolsonaro fascistas o proto-fascistas. Esto no se debe a ninguna distinción que hagamos en cuanto a retórica, ideología o actitud. Consideramos que los intentos de definir a Trump, y a otros populistas de derecha de la misma clase, como fascistas o no, no están abordando el punto central. El punto no es si Trump y Bolsonaro son individualistas o colectivistas, o si emplean la demagogia, o que apuntan a las minorías para explicar el declive del pueblo, o volk. En muchos sentidos, tanto Trump como Bolsonaro reúnen suficientes de estas características para ser definidos como fascistas.

Queremos examinar las condiciones necesarias para que el fascismo emerja plenamente. A pesar de estar en un momento de crisis, las condiciones aún no se han cumplido plenamente. El tema de la crisis es fundamental en este proyecto. La explicación de Gramsci de la crisis, su teorización de la hegemonía, y la articulación del fascismo como una forma de bonapartismo-cesarismo es de inmenso valor para nosotros como investigadores, y de la investigación sobre el actual malestar político.

Trump y Bolsonaro significan un tiempo de crisis no resuelta donde en términos gramscianos «…lo viejo está muriendo y lo nuevo no puede nacer; en este interregno aparece una gran variedad de síntomas mórbidos». Por el momento, debemos detallar las razones por las que creemos que ni Trump ni Bolsonaro pueden ser llamados fascistas.

Hay una tentación comprensible de usar la etiqueta de fascista para cualquier movimiento político o social que emplee el racismo y el miedo para oprimir los derechos de los trabajadores y de las minorías, y que valorice la nación y militarice la sociedad. Sin embargo, la izquierda debe usar la etiqueta juiciosamente y con una comprensión, y una memoria, de lo que enfrenta si se quiere diseñar un desafío viable. Es con esto en mente que invertimos tiempo en examinar este asunto.

Definiendo el fascismo

Uno de los análisis marxistas más potentes del fascismo es el de León Trotsky. Primero, en su formulación del fascismo demuestra que no todo líder o dictador de derecha puede ser clasificado como fascista. Trotsky ve a los fascistas como el último recurso de la clase capitalista. En su opinión, las clases dominantes les piden que protejan el orden imperante cuando «los recursos policiales y militares ‘normales’ de la dictadura burguesa, junto con sus pantallas parlamentarias, ya no bastan para mantener a la sociedad en un estado de equilibrio» y según él, ese es el momento en que «llega el turno del régimen fascista»(Trotsky, 2005: 18). Antonio Gramsci, cuya obra es central para conceptualizar el carácter de los líderes contemporáneos y para explicar su ascenso al poder, se refirió al fascismo en Italia como una «reacción capitalista fanfarrona» a los órganos de clase del proletariado» (Gramsci, 1978).

El análisis de Gramsci sobre el fascismo italiano proporciona dos revelaciones fundamentales. La primera es que los orígenes de los fascistas son independientes de la clase capitalista. En cambio, según Gramsci, el fascismo parece haber sido impulsado por el miedo y el antagonismo de la pequeña burguesía hacia la creciente influencia de los movimientos obreros. En segundo lugar, Gramsci establece que la explotación instrumental del fascismo por parte del capitalismo en la lucha con los socialistas y los movimientos proletarios está en el centro del ascenso de los movimientos de la periferia al centro de la política italiana de manera que «…refuerza el sistema hegemónico y las fuerzas de coacción militar y civil a disposición de las clases dominantes tradicionales»(Gramsci, 1971: 120). Al igual que Trotsky, y antes que él, Gramsci sitúa el ascenso del fascismo en la crisis del capitalismo.

Al examinar a Donald Trump en el poder, el académico estadounidense Dylan Riley (2019)comparte una posición sobre el fascismo similar a la propuesta por Trotsky y Gramsci. Se abstiene de referirse a Donald Trump como fascista porque a pesar de todo el errático derechismo de Trump no ha habido suspensión de las libertades burguesas. Tampoco ha habido un apoyo explícito y absoluto del Estado para que la derecha ataque violentamente a las movilizaciones anti-establishment de movimientos obreros y otros movimientos revolucionarios progresistas [6]. Riley percibe el fascismo como un último recurso de las clases dominantes capitalistas fatigadas por sus constantes luchas contra la agitación de las masas desde abajo. Estas luchas se intensifican, según Riley, a medida que la crisis de hegemonía se intensifica y puede conducir a una respuesta fascista cuando los intentos de la clase dominante de reformular la hegemonía fracasan. Volveremos a Riley cuando examinemos los aspectos bonapartistas de Donald Trump.

Crucialmente, ni Trump ni Bolsonaro han suspendido la democracia liberal burguesa o desechado el estado de derecho. Si bien no hay pruebas de que ninguno de estos líderes se erigiera en baluarte de los esfuerzos por destruir la democracia o el estado de derecho si una amenaza significativa de la izquierda pusiera en peligro su riqueza y poder y el de sus aliados, esto no ha ocurrido todavía. Bolsonaro, y Brasil, es probablemente más sensible a desarrollar un régimen con elementos dictatoriales, dados sus antecedentes y sus elogios públicos a la dictadura militar de derecha pro-estadounidense de Brasil (1964-85). Sin embargo, incluso la instalación de una dictadura militar no produciría, por sí sola, un régimen fascista. No tenemos espacio aquí para un análisis en profundidad al respecto; no obstante, es importante señalar que para que surja el fascismo es necesario que se desmantelen otros aspectos del sistema burgués liberal, normalmente de forma violenta, incluidos los militares, la policía y otras instituciones encargadas de proteger los intereses del orden establecido. También es un requisito del fascismo, según Gramsci, que el líder, el partido y el movimiento superen el control de clase en el que se basó en la fase inicial de ascenso al poder. Esto aún no ha sucedido ni en los EE.UU con Trump ni en Brasil con Bolsonaro.

La suspensión del actual sistema de gobierno burgués dependerá de la profundidad de la crisis hegemónica y de si esta crisis pone en peligro el sistema de las fuerzas contra-hegemónicas. Si esto sucede, entonces la matonería característica del fascismo podría ser desatada con el objetivo de anular a los movimientos revolucionarios. Elementos de esta táctica han sido evidentes en la década siguiente a la GFC (Global Financial Crisis), como demostrarán los siguientes ejemplos.

En EE UU, tras la GFC y la aparición de los movimientos de Occupy hubo pruebas de que la clase dirigente se preparaba para un enfrentamiento. La creación del Tea Party en 2010 y desde entonces, la continua benevolencia de la clase dirigente hacia los grupos de derecha, de supremacía blanca, muestra que la clase dirigente tiene una estrategia para lidiar con la disidencia masiva de los trabajadores. Los eventos en Charlottesville en 2017 fueron una muestra de armas y en sí mismos probablemente no son una señal de que la ultraderecha sea una fuerza importante en la política de EE UU. Sin embargo, fue la forma en que ciertos segmentos de la sociedad estadounidense, especialmente el Presidente y los miembros del Partido Republicano, presentaron a la ultraderecha como víctimas iguales de la violencia antirracista y antifascista o antifa. Esto marcó el alcance de una alianza taciturna entre elementos de la clase dirigente estadounidense y la ultraderecha. En esta época de covid-19, el continuo apoyo a la derecha alternativa (alt-right) es una señal de que tal estrategia sigue en pie.

En el caso de Brasil, los temores de la clase dirigente hacia los grupos más vulnerables, principalmente los pobres, los negros, las mujeres y la comunidad LGBTQ se han manifestado en el apoyo a Bolsonaro y a los extremistas de derecha. La retórica de la extrema derecha, en parte legado colonial y en parte influenciada por el programa anticomunista de la derecha de la guerra fría, se hizo más pronunciada en la esfera pública a partir de junio de 2013, cuando estallaron en todo el país una serie de manifestaciones.

 
 
 

En el periodo previo a las elecciones de 2018, las manifestaciones reforzaron su carácter ultraconservador, de anticorrupción, pro-militarista y anti-establishment. Individuos e ideologías de extrema derecha existen cerca de la Presidencia y de la clase dirigente. Los que están en el poder no han permitido que los grupos de extrema derecha ejerzan una violencia extrajudicial generalizada para silenciar a los partidos progresistas y obreros, ni hay pruebas de que se haya suspendido el orden público.

La relación entre la Presidencia y los elementos fascistas de extrema derecha con los militares en Brasil es obvia. Por el momento, como en el caso de Trump en EE UU, el estado de derecho y las instituciones formales del Estado siguen protegiendo los intereses de las clases dirigentes, evitando la necesidad de formalizar a los elementos de extrema derecha como parte del aparato estatal y de desatar la violencia típica del fascismo. Al mismo tiempo, hay elementos sistémicos en la democracia burguesa liberal que impiden a los movimientos de extrema derecha actuar con impunidad. Además, especialmente en EE UU, hay un apoyo significativo de las élites corporativas, especialmente de los partidarios del Partido Demócrata tras la derrota de la figura contrahegemónica de Bernie Sanders, primero en 2016 y de nuevo en 2020, y la reanudación de la política normal como las opciones corporativas preferidas para la Presidencia.

Mientras algunas de estas fuerzas continúen manteniendo un equilibrio que asegure la salvaguardia de los intereses de la élite y otras instituciones protejan los derechos de los representantes de la clase obrera y las minorías, el orden actual debería estar a salvo de una toma de poder fascista. Es este equilibrio el que, mientras escribimos, significa que ni EE.UU ni Brasil han avanzado abiertamente hacia la solución fascista, incluso existiendo elementos del fascismo, así como pruebas de que tanto Trump como Bolsonaro no sólo tienen simpatías por los agitadores de extrema derecha, sino que se adhieren a muchas de las mismas ideologías y tácticas de los movimientos de extrema derecha. No ofrecemos predicciones sobre si el fascismo llegará en EE UU. o en Brasil. Lo haga o no, el fascismo dependerá del equilibrio de fuerzas, especialmente de la capacidad de las fuerzas antifascistas para unirse y de los acontecimientos que aún están por ocurrir. Por el momento, el líder carismático sigue siendo ascendente y en el próximo artículo exploraremos las condiciones en las que el líder carismático emerge.

Covid-19: Brasil y el cesarismo regresivo de Jair Messias Bolsonaro

Era 18 de marzo de 2020, y el presidente brasileño Jair Messias Bolsonaro había convocado una conferencia de prensa, junto con sus ministros, para discutir la situación de la pandemia de covid-19 en Brasil. El Presidente trató de volver a ponerse su mascarilla médica frente a los medios de comunicación. Al no poder hacerlo, Bolsonaro colocó la máscara sobre los ojos, cubriéndoselos, en lugar de la boca y la barbilla. Esta imagen se convirtió en un símbolo que representaba la ignorancia e incompetencia con la que el Presidente de la República estaba manejando la pandemia de covid-19.

El Presidente demostró una vez más que su lealtad era la de los grandes grupos empresariales del país, aunque fuera a costa de la salud de sus compatriotas. Bolsonaro animó a los brasileños a salir a las playas, a ir de compras y a los bares y restaurantes. Su actitud desdeñosa ante la pandemia mundial era evidente en la forma en que la describía: «El coronavirus es sólo una pequeña gripe», «debido a mi historia como atleta, si la contrajera no tendría que preocuparme”2/, o «los brasileños deberían ser estudiados. Nunca se infectan. Vemos a la gente nadando en las alcantarillas, y salen y no les pasa nada».

A medida que el impacto de la pandemia en Brasil se intensificó, los nombramientos del gobierno de Bolsonaro parecían desmoronarse, perdiendo a sus dos ministros de Salud y Justicia en sólo una semana. ¿Pero cómo había llegado a la presidencia un líder así? Para entenderlo, debemos estudiar el apoyo que dio forma al proyecto de extrema derecha que es el fenómeno conocido como Bolsonarismo.

Brasil, el mayor país sudamericano con casi 210 millones de habitantes, es también un ejemplo de cómo la clase dirigente ha rediseñado los símbolos del neoliberalismo en los últimos años. A pesar de los altos índices de desigualdad y racismo estructural y de los enormes índices de violencia 3/, los brasileños eligieron al ultraderechista Jair Messias Bolsonaro como presidente de la República en 2018. El proyecto de Bolsonaro de construir una hegemonía consistía en un proyecto cultural, político y económico alineado: la articulación de los grandes terratenientes en el sector agrícola del país, las iglesias evangélicas y el ejército, un bloque de poder capaz de activar mecanismos de barbarie. Sus intereses están muy alejados de los de las clases populares. Se consideran defensores de un proyecto político caracterizado por la privatización de los servicios públicos, el racismo postcolonial, el ataque a las minorías y el uso de la violencia contra las regiones periféricas y las zonas habitadas por las clases populares.

Sin embargo, la contradicción evidente se justificaba diciendo que Bolsonaro era un “hombre del pueblo”, es decir, un hombre que podía poner «orden en la casa» frente a la corrupción de la clase política. Bolsonaro había sido diputado durante 27 años, pero consiguió transmitir esta imagen de persona normal, y sus defectos y su retórica violenta fueron una reafirmación de que, como hombre normal, era una persona imperfecta. Las características autoritarias de esta figura no se interpretaron como una amenaza a las libertades individuales, sino que sus simpatizantes vieron en él una figura autoritaria contra el enemigo o, en términos gramscianos, como un cesarismo regresivo capaz de superar las partes en conflicto del establishment, siendo una manifestación y supuesta solución a una crisis orgánica. Bolsonaro se presentó como una figura mesiánica, un mesías en el que poner la fe y la esperanza. Bolsonaro había articulado una frontera de identificación política: el “buen ciudadano”, que sería cualquier votante suyo, contra los «bandidos». Los bandidos serían cualquier persona en su contra que, a través de un proceso de higienización característico del fascismo, no sería una persona con «sustancia moral digna», es decir, una persona que pudiera ser atacada y eliminada (Cardoso de Oliveira, 2002).

El cesarismo regresivo de la figura de Bolsonaro se justificaba, por lo tanto, por las clases populares a través de la metáfora de la guerra (Lakoff, 1996): según esta metáfora, Brasil se encontraría en una guerra santa de moralidad y buena ciudadanía, y sólo un héroe, con rasgos estrictos y autoritarios, tendría la capacidad de hacer esa guerra y liberar a Brasil del infierno. Una vez construida esta metáfora, el miedo se apoderó de la población, sometiéndose emocionalmente aún más a la figura autoritaria de Bolsonaro y dando lugar a una falsa nostalgia: nostalgia de los tiempos gloriosos, de los militares del golpe de Estado de 1964 y del «pequeño-gran hombre» (Adorno, 1950) en líderes que, como Hitler o Mussolini, representaban las imperfecciones más cotidianas ligadas a los rasgos mesiánicos construidos desde la época de César.

¿Qué hacemos en tiempos de coronavirus?

La actual epidemia de COVID-19 ha sido tratada por los líderes de la extrema derecha mundial como una «pequeña gripe» (en el caso de Bolsonaro), un racismo hacia los asiáticos al llamar a la epidemia el «virus chino» (en el caso de Trump), construyendo una metáfora de la guerra, no contra el virus, sino contra los cuerpos portadores, es decir, principalmente los pobres y/o inmigrantes. Ambos discursos son un ejemplo de cómo estos líderes, construidos sobre la retórica anti-establishment, son en última instancia representantes del orden financiero, de un neoliberalismo moribundo a partir del cual debemos construir alternativas.

Otros representantes de la extrema derecha, como el presidente indio Narendra Modi o el presidente filipino Rodrigo Duterte, están utilizando castigos físicos, como el encarcelamiento en jaulas para perros o la amenaza de ser fusilados si no cumplen con las medidas establecidas 4/.

Nos encontramos en un momento histórico en el que los progresistas deben luchar contra la crisis hegemónica del neoliberalismo que representan estas figuras. En este momento, las acciones de cada uno de nosotros pueden tener una trascendencia para las próximas décadas. Tal vez este texto sirva para aclarar los procesos de construcción de estos líderes autoritarios de la extrema derecha, y desenmascararlos, entendiendo en un momento de pandemia los verdaderos poderes fácticos que representan. En estos tiempos se está demostrando que estos líderes representan un cesarismo quimérico, una forma de populismo sin compromiso nacional-popular ni lazos de solidaridad internacional, que abandona a las clases populares al monstruo del neoliberalismo.

Noah Bassil Karim Poumhamzavi son profesores e invetigadores del Departamento de Historia Moderna, Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Macquerie de Sydney. Gabriel Bayarri es doctorando en antropología y sociología en la misma Universidad .y en la Universidad Complutense de Madrid. Los tres forman parte del Research into Global Power, Inequality and Conflict (RGPIC) de la Universidad Macquerie de Sydney..

Se puede consultar este trabajo original en inglés en el blog del RGPIC en:

https://rgpic.wordpress.com/ Contacto: mecentre@mq.edu.au

Notas

1/ Destacamos aquí algunos ejemplos de eminentes eruditos de los que hemos aprendido mucho, y tenemos mucho que aprender, incluyendo a Samir Amin https://monthlyreview.org/2014/09/01/the-return-of-fascism-in-contemporary-capitalism/ ; William E. Connolly, ‘Trump, the Working Class, and Fascist Rhetoric,’ Theory and Event, 20:1, 2017; Manuel Castells, http://www.tlaxcala-int.org/article.asp?reference=24300 ; John Bellamy Foster, Trump in the White House: Tragedy and Farce (2017).

2/ Meses después, Bolsonaro contrajo la COVID-19, recibiendo el alta tras varias semanas ingresado.

3/ En 2017, el número de homicidios en Brasil había aumentado a 63.880 anualmente, un incremento de más del 37,5% con respecto a 2007. Para este año, Brasil tenía un promedio de 175 homicidios por día. Fuente: Brazilian Institute of Geography and Statistics (IBGE).

4/ Según informes de Human Rights Watch.

Referencias

Adorno, Th. W. et al. (1950) The Authoritarian Personality – Studies on Prejudice. New York, Harper & Brothers.

Algar, H. (2002). Wahhabism: A Critical Essay. New York: Oneonta.

Cardoso de Oliveira, Luis Roberto (2002). Direito Legal e Insulto Moral – Dilemas da Cidadania no Brasil, Quebec e EUA. Rio de Janeiro: Relume-Dumará.

Cox, R. (1982). Gramsci, Hegemony and International Relations: An Essay in Method. Millennium – Journal of International Studies. Vol. 12. No. 2, pp 162-175.

Gramsci, Antonio (1971) Selections from the Prison Notebooks: translated and edited by Quintin Hoare (Lawrence and Wishart: London, 1971)

Gramsci, Antonio (1978) ‘The Two Fascisms’ in Selections from Political Writings (1921-1926). Londres:Lawrence and Wishart; originalmente publicado en Ordine Nuovo, 25 de agosto de 1921.

Gramsci, Antonio (1987) Cuadernos de la cárcel. en Portantiero, J. C. y De Ipola, E. Estado y sociedad en el pensamiento clásico. Antología conceptual para el análisis comparadoBuenos Aires, Cántaro. (1ª ed. 1948)

Hanieh, A. (2018). Money, Markets, and Monarchies: The Gulf Cooperation Council and the Political Economy of the Contemporary Middle East. New York: Cambridge University Press.

Lakoff, G. (1996). Moral politics. Chicago: University of Chicago Press.

Riley, Dylan (1919) “¿Qué es Trump?”, New Left Review, 114, pp. 7-36.

Trotsky, Leon, Fascism: What is it and How to Fight It, edited by A. Banerjee and S. Sarkar (Delhi, India: Aakar Books, 2005), p. 18 [Edición en castellano: La lucha contra el fascismo, Barcelona, Fontamara, 1980].

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