International Socialism Project, Chicago, 6-1-2021

Traducción de Correspondencia de Prensa, 7-1-2021

Las imágenes de las multitudes que agitaban la bandera de los Estados Confederados de la guerra civil de los EE.UU (1861-1865) asaltando el Capitolio en Washington para impedir la certificación de la elección de Joe Biden y Kamala Harris como próximos presidente y vicepresidenta, conmocionaron a muchos en los Estados Unidos y en todo el mundo.

Aún más impactante fue el hecho de que el principal incitador de estas multitudes no fue otro que el presidente saliente de los Estados Unidos, Donald Trump.

Durante semanas, desde que perdió las elecciones de noviembre por unos 8 millones de votos, Trump ha estado haciendo campaña para anular los resultados. Los principales políticos republicanos, incluyendo la mayoría de los republicanos en la Cámara de Representantes y seis senadores le ayudaron en la operación antidemocrática.

Por muy impactantes que sean, estos eventos no deberían sorprendernos. En los últimos años, nuestro sentido de lo que es políticamente «normal» se ha extendido. Las movilizaciones de bandas organizadas de supremacistas blancos, desde Charlottesville, Virginia, hasta Portland, Oregón, se han convertido en parte del telón de fondo de la política estadounidense. Los matones armados que asesinan a activistas antirracistas y a militantes por la justicia social también se han convertido en parte de esta «nueva normalidad».

Y ahora, la extrema derecha que encabezó el asalto al Capitolio, puede señalar el 6 de enero de 2021 como un punto de referencia en su intento por construir un movimiento basado en el racismo y opuesto, literalmente, a la democracia. Incluso pueden contar con mártires que reivindicarán en el futuro.

En el momento de escribir esta declaración, el Congreso de los EE.UU. se había reunido de nuevo para retomar la tarea de certificar la elección presidencial. Y algunos de los más hipócritas de sus personajes, como la recientemente derrotada senadora de Georgia Kelly Loeffler, leyeron declaraciones preparadas que se alejaban de sus anteriores intentos de impugnar la legitimidad del voto de noviembre.

Sin embargo, no podemos olvidar que una parte sustancial de uno de los dos partidos de la clase dominante de los Estados Unidos, se unió al intento de un presidente corrupto de robar una elección. Y bajo ese paraguas de  protección, elementos de la extrema derecha trataron de catapultarse al centro de la política estadounidense.

En los próximos días y semanas, descubriremos más sobre cómo ocurrieron estos eventos. ¿Por qué, por ejemplo, las autoridades fueron aparentemente sorprendidas con la guardia baja al permitir que los derechistas tomaran el Capitolio? Los de izquierda sabemos por experiencia, que si los manifestantes hubieran sido activistas de Black Lives Matter o de los derechos laborales, no se les habría permitido acercarse al Capitolio.

Tal vez, los mensajes en las redes sociales de oficiales de las fuerzas de seguridad que se tomaron “selfies” con los trumpistas, podrín ayudar a explicar este tratamiento de “guantes de seda” con estos derechistas. Pero como dice el refrán, el “pescado se pudre por la cabeza”, o sea la cima del Estado y de la clase dirigente de EE.UU.

Los intentos de Trump y sus secuaces de distorsionar los resultados de las elecciones de noviembre, para quitarles hasta los limitados derechos democráticos que la gente común de Estados Unidos ha ganado, no tuvieron éxito. Pero el hecho de que la asonada llegara tan cerca, habla de las características antidemocráticas del sistema estadounidense.

Los votantes estadounidenses todavía no eligen directamente al presidente, y dos veces en los últimos 20 años, el perdedor del voto popular se convirtió en presidente debido al Colegio Electoral, uno de los vestigios del apoyo de los fundadores de los Estados Unidos al sistema esclavista. Trump y sus fanáticos estaban tratando de explotar esas características de un sistema que fue construido explícitamente para resguardar al gobierno de los EE.UU. de la voluntad popular.

En sólo dos semanas, la administración Biden-Harris, y un Congreso con mayoría del Partido Demócrata en ambas cámaras, asumirá el poder gubernamental. Se enfrentarán a una crisis como nunca se ha visto en un siglo: una pandemia mortal, un aumento del desempleo y de la pobreza en la clase trabajadora, y ahora, la amenaza de un resurgimiento de la extrema derecha.

Los demócratas, como el equipo B en la gestión capitalista del Estado, querrán restaurar la “normalidad”, el bipartidismo y la “ley y el orden” cuando tomen el poder. Los principales asesores de Biden, incluso, han insinuado que una vez que hayan solucionado la pandemia, la política de austeridad volverá a estar en su agenda.

Si siguen este camino, tratando de poner una curita en una herida abierta, se prepararán para el fracaso. Y allanarán aún más el camino para el crecimiento de la extrema derecha, que buscará un chivo expiatorio en los negros, latinos e inmigrantes para continuar atacando las condiciones de vida de la clase trabajadora.

Los próximos años serán muy difíciles para la izquierda socialista. Tendremos varias tareas en nuestra agenda.

Primero, defender los derechos democráticos y plegarnos a los movimientos sociales ampliando sus luchas.

Segundo, necesitamos unirnos en una campaña nacional (incluso internacional) para derrotar a la extrema derecha. Los acontecimientos del 6 de enero pueden haber sido un fracaso desde el punto de vista de impedir la elección de Biden/Harris. Pero muchos en la extrema derecha verán el ataque al Capitolio y su breve ocupación, como un «éxito» que pueden usar para construir su movimiento. Deben ser detenidos antes de que sus filas crezcan aún más.

Tercero, necesitamos organizarnos no sólo para enfrentar a la extrema derecha, sino para enfrentar las condiciones en las que la extrema derecha puede crecer. Eso significa organizar a los trabajadores a través de las desigualdades raciales, étnicas, de género y de otras lacras que nos imponen los capitalistas, conquistar victorias que mejoren nuestras vidas. Significa exigir medidas urgentes y reales de salud pública, y de apoyo económico para derrotar al COVID-19.

Y significa construir un movimiento socialista que no se satisfaga con las medias tintas del Partido Demócrata. Necesitamos promover una nueva sociedad para vencer la desesperanza que lleva a que tantos hoy en día busquen refugio con estafadores como Trump o con las fuerzas más siniestras de la extrema derecha.

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