Por Jeff Macler 

Socialist Action, 12 de enero de 2021

El caos y el desorden marcaron una escena política electrizada en Washington, D.C. en los días inmediatamente posteriores al miércoles 6 de enero, instigada por el presidente Donald Trump. Una multitud desenfrenada irrumpió en el edificio del Capitolio con el objetivo de evitar una reunión conjunta en sesión de la Cámara de Representantes y el Senado de los Estados Unidos de América del Norte (EUA) para certificar la victoria de Joseph Biden en el Colegio Electoral del 3 de noviembre de 2019.

Los varios cientos de alborotadores racistas de derecha —una pequeña porción de los varios miles que Trump movilizó para un mitin muy temprano en el día— llevaban banderas de Trump y de la Confederación, una parafernalia variada de armas, equipo militar y explosivos de gas nocivo. Fácilmente  rompieron la inusualmente delgada línea de seguridad de la policía del Capitolio. Los furiosos trumpistas, virtualmente sin obstáculos durante más de dos horas, destrozaron las ventanas del edificio del Capitolio con rejas de hierro, entraron al domo del Capitolio y tomaron posesión de las cámaras del Senado. La oficina de la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, entre varias otras, fue ocupada y vandalizada. El puñado de guardias de seguridad abrumados en el interior se mostraron incapaces de intervenir; algunos literalmente se tomaron selfies y chocaron las palmas con los alborotadores, de acuerdo a un reporte de Democracy Now! de Amy Goodman. Los funcionarios de seguridad del Senado organizaron la apresurada evacuación de los miembros de la Cámara y el Senado reunidos, mientras que otros bloquearon las puertas a la Cámara en un enfrentamiento armado contra los intrusos merodeadores.

Este violento espectáculo de gran dramatismo fue captado en vivo y transmitido a todo el mundo, incluidos videos de funcionarios electos asustados buscando refugio bajo los escritorios, o tirados en el piso mientras la cámara era inundada con gas lacrimógeno.

La manifestación masiva de Trump

Al menos 25 mil, quizás 50 mil partidarios de Trump se habían reunido desde muy temprano en la Elipse cerca de la Casa Blanca para una movilización de “Detengan el robo”[Stop the Steal]  iniciada por Trump desde hace algún tiempo para desafiar la esperada certificación de Biden en la sesión conjunta. Dijo Trump en tuits para construir la manifestación: “Gran protesta en D.C. el 6 de enero. ¡Vayan! ¡Va a estar salvaje!

Trump se dirigió a la manifestación durante una hora, proclamando: “Nunca recuperaremos nuestro país con debilidad. Tienes que mostrar fuerza y debes ser fuerte. Hemos venido a demandar que el Congreso haga lo correcto y sólo cuente a los electores que han sido incluidos legalmente”. Declarando que él “nunca concedería”, y afirmando que él ganó la elección; la presidencia de Trump, sin embargo, se estaba desintegrando. La sesión conjunta se reanudó temprano a la mañana siguiente para certificar la victoria de Biden, con 139 miembros de la Cámara y 10 senadores disintiendo. Horas más tarde, un Trump desinflado, con su personal y miembros del gabinete dimitiendo, tuiteó que ayudaría en la transición al nuevo presidente, pero que no asistirá a la inauguración de Biden el 20 de enero.

Ese día, desde temprano, Trump prometió unirse a la marcha “Detengan el robo” por la avenida Pennsylvania hacia el Capitolio, pero en vez de ello se dirigió inmediatamente a la Casa Blanca, donde más tarde telefoneó frenéticamente esperanzado en los republicanos leales —quienes habían sido evacuados desde el Capitolio y secuestrados hacia lugares seguros y no identificados—, para presionarlos a rechazar la certificación de Biden cuando se reanudara la sesión. El hijo de Trump, y destacado orador del mitin, Donald Trump Jr., denunció al vicepresidente Mike Pence y a otros republicanos por negarse de antemano a utilizar la sesión conjunta para rechazar la certificación de Biden. La multitud que marchaba coreó, “¡Cuelguen a Mike Pence! ¡Cuelguen a Mike Pence!”. Un fotógrafo de Reuters, Jim Bourg, declaró que escuchó a los vándalos del Capitolio declarar que “esperaban encontrar al vicepresidente Mike Pence y ejecutarlo mediante colgarlo de un árbol del Capitolio como traidor”. Pence estuvo presente cuando los alborotadores entraron más tarde a las cámaras, pero pudo escapar ileso.

Dijo Trump Jr. en el mitin, “Vamos por ti y vamos a pasar un buen rato haciéndolo”. El abogado personal de Trump, Rudolf Giuliani, quien anteriormente desempeñó un papel clave en la presentación de unas 60 demandas fallidas que impugnaban los resultados de las elecciones, incitó a la multitud de derechistas, “¡Hagamos un juicio por combate. . . Párense y peleen!” 

Reducidas fuerzas de seguridad presentes en el Capitolio

Con respecto al llamado a las fuerzas de seguridad para que defendieran el asediado y ocupado Capitolio, para no hablar de rescatar a los congresistas y senadores secuestrados, el cada vez más desorientado Trump, que vió el momento como su última esperanza de retener su presidencia, no jugó ningún papel. En su ausencia, el vicepresidente Pence se encargó de llamar a varias agencias policiacas para proteger a los miembros de la Cámara y el Senado. En cuestión de horas, no de minutos, un virtual ejército de tropas de la Guardia Nacional, la policía del Capitolio, el FBI y otras fuerzas armadas apareció y lentamente —gentilmente para ser francos— despejó el área siguiendo la declaración de toque de queda por parte de la alcaldesa del Distrito de Columbia, Muriel Bowser, a las 6 p.m. Inicialmente, a la mayoría de los ocupantes fanáticos racistas se les permitió abandonar libremente las instalaciones. La mayor parte de los manifestantes originales que se dirigieron hacia el Capitolio, no querían participar en un enfrentamiento con los oficiales de seguridad, gradualmente se dispersaron y desaparecieron. Pero miles permanecieron.

La policía del Capitolio disparó y mató a una de las intrusas, Ashli Babbitt, de San Diego, veterana de la Fuerza Aérea de 35 años, quien fue descrita más tarde por funcionarios como un firme creyente de la teoría de la conspiración de QAnon. Más tarde se reportó a otros cuatro partidarios de Trump fuera del Capitolio haber muerto debido a “emergencias médicas” no especificadas. Inicialmente fueron arrestados unos 14 alborotadores; y posteriormente, 83 más fueron puestos bajo custodia policial a partir del 9 de enero. Un miembro de la policía del Capitolio murió, según el reporte, a causa de las heridas infligidas con un extintor de incendios.

Bowser, la alcaldesa de D.C., en anticipación a los actos de violencia planificados por parte de grupos de derecha organizados, incluidos los neo-fascistas Proud Boys, había requerido a inicios de semana al Pentágono que desplegara la Guardia Nacional. Semanas previas al evento, miles de mensajes en Facebook y Twitter revelaron intenciones de violencia por parte de la extrema derecha. La solicitud de Bowser fue denegada, según algunos informes, por órdenes de Trump.

La asombrosa ausencia de seguridad en el Capitolio, especialmente cuando estaban presentes unos 535 miembros de la Cámara y el Senado —el formal liderazgo nacional electo de los EUA— no pareció un accidente. Un día después del fiasco de seguridad, con los legisladores demandando la rendición de cuentas de los funcionarios responsables y una investigación que exigieron al líder republicano Mitch McConnell de, entre otros, al jefe de policía del Capitolio, Steven Sund, quien presentó su dimisión. Al concluir el jueves, los principales funcionarios de seguridad en el Capitolio también dimitieron, incluido el sargento de armas Michael Stenger y su homólogo en la Cámara.

En curso, las dimisiones del equipo de Trump

La reciente ruptura del vicepresidente Mike Pence con Trump al negarse a utilizar la sesión conjunta de legisladores para impugnar los resultados de la elección lo colocó entre un grupo en rápido crecimiento de altos funcionarios republicanos que han desertado de la campaña de dos meses de Trump para retener la presidencia. Los miembros del gabinete de Trump que dimitieron inmediatamente después de la toma del Capitolio el 6 de enero incluyeron a la secretarias de Transporte, Elaine Chao y a la de Educación, Betsy DeVos. En su carta de renuncia, esta última dijo a Trump: “No hay duda del impacto que tuvo su retórica en la situación”. Sin duda, DeVos, la secretaria reaccionaria de Trump pro privatización de la educación pública y hermana de Erik Prince, amigo de Trump y fundador de la corporación privada del ejército mercenario, Blackwater USA (ahora llamada Academi), consideró renunciar en lugar de correr el riesgo político de votar en contra en caso de que Pence invocara procedimientos para hacerlo en base a la enmienda 25 a la Constitución.

Mick Mulvaney, exjefe de gabinete de la Casa Blanca y ahora enviado especial de EUA para Irlanda del Norte, también renunció a la administración Trump, al igual que varios funcionarios de la Casa Blanca, incluido el asesor adjunto de seguridad nacional, Matthew Pottinger, y Stephanie Grisham, jefa de gabinete y secretaria de prensa de la primera dama Melania Trump.

Trump despidió a un funcionario del Departamento de Estado, Gabriel Noronha, quien escribió que el presidente “no estaba en condiciones de permanecer en el cargo”. Noronha tuiteó: “El presidente Trump fomentó una turba insurrecta que atacó el Capitolio hoy. Él continúa aprovechando todas las oportunidades para obstaculizar la transparencia pacífica del poder. Estas acciones amenazan nuestra democracia y nuestra república. Trump no está en condiciones de permanecer en el cargo y debe irse”. Noronha agregó: “Todos los funcionarios del gobierno juran respetar y defender la Constitución. Ahí es donde deben estar nuestras lealtades, no a ningún hombre o partido político”.

Después de que Chad Wolf, secretario interino del Departamento de Seguridad Nacional, urgiera a Trump a “condenar enérgicamente la violencia” en el Capitolio de los EUA. Trump lo destituyó como candidato del presidente para encabezar la agencia.

El exfiscal general William Barr, quien dimitió justo antes de la navidad, dijo que la conducta de Trump el 6 de enero fue una “traición a su cargo y a sus partidarios”.

El trato con mano blanda a la movilización racista de Trump que tenía como objetivo prevenir físicamente la certificación de la presidencia de Biden, contrastaba marcadamente con los brutales golpes de palos, gases y violencia disparando cegadoras balas de goma y arrestos masivos desatados contra las pacíficas movilizaciones masivas de D.C. del pasado verano, para protestar contra el asesinato policial de George Floyd en Minneapolis. Trump tomó la iniciativa de orquestar ese horror, pretendiendo invocar la autoridad de la Ley de la Insurreción de 1807. Queda por determinar sí o no la relativa ausencia de las fuerzas de seguridad el 6 de enero será atribuida a Trump mismo o a la complicidad racista de las fuerzas de seguridad

El propio Biden, con un largo historial de décadas de complicidad, si no facilitación de las normas de segregación racistas del sur, sin mencionar su papel más reciente en la elaboración de una legislación racista orientada al encarcelamiento masivo, sintió la necesidad de comentar sobre la cuasi ausencia de fuerzas de seguridad. Biden dijo: “Nadie puede decirme que si hubiera sido un grupo de Black Lives Matter protestando ayer, no lo habrían tratado de manera muy, muy diferente a la horda de matones que irrumpió en el Capitolio. Todos sabemos que eso es cierto. Y es inaceptable. Totalmente inaceptable”.

Debate sobre el juicio a Trump versus la invocación de la enmienda 25 para destituir a Trump

Ya sea mediante la formulación de cargos a Trump con una segunda resolución de la cámara, o sea mediante presionar a su ahora distanciado vicepresidente Pence a que invoque la enmienda 25 para destituirlo inmediatamente, están ahora entre los temas a discusión, en un momento cuando está siendo cuestionada como nunca antes la estabilidad mental misma de Trump, si no es que su cordura. ¡Se informó que la presidenta de la Cámara de Representantes, Pelosi, llamó al general Mark Milley, presidente del Estado Mayor Conjunto, para discutir la prohibición de Trump al acceso a los códigos secretos de seguridad conocidos como “del fin del mundo”, que podrían ser empleados para lanzar una guerra nuclear! 

La enmienda 25 permite al vicepresidente Pence y a la mayoría del gabinete de Trump decidir que el presidente no puede cumplir con los deberes de su cargo. Si así lo llegaran a decidir, Pence, que hasta la fecha ha declinado invocar la enmienda 25, se convertiría inmediatamente en presidente interino y luego presidente, después de un voto requerido de dos tercios de la Cámara y el Senado. En los últimos días de la presidencia de Trump, ninguno de los escenarios anteriores es probable. Si uno u otro llega a pasar, resultaría en algo que no sería de gran importancia para el pueblo estadounidense, aparte de una mayor humillación y posible proceso legal de un Trump ya desacreditado por la clase dominante, y una prohibición legal de su carrera para presidente en 2024.

Sobre los temas reales del día —los grandes temas de nuestros tiempos—, una crisis económica sin precedentes donde las tasas reales de desempleo y subempleo se han acercado al 40 por ciento, donde millones enfrentan desalojos o embargos hipotecarios inmediatos, donde las muertes diarias por Covid-19 han llegado a 4 mil, donde una terrible crisis climática amenaza un desastre catastrófico y la máquina de guerra imperial de los EUA inflige horrores diarios a los pobres y oprimidos en todo el mundo —ninguno de los partidos de los ricos gobernantes tiene solución.

Verdades históricas reveladas

Los acontecimientos que se desarrollaron en torno al asalto del Capitolio revelaron inadvertidamente algunas verdades históricas largamente ocultas del escrutinio público. El senador demócrata de Illinois, Dick Durbin, por ejemplo, al contestar la propuesta de Ted Cruz ante la sesión legislativa conjunta para establecer una comisión para revisar los resultados de las elecciones, en lugar de certificarlos como lo requiere la ley, invocó la memoria de una comisión del Colegio Electoral de 1877 cuyo “compromiso” efectivamente cambió el resultado de las elecciones de 1876.

Refiriéndose a este “Compromiso devastador de 1877”, Durbin estableció: “El senador de Texas [Ted Cruz] dice que sólo queremos crear una pequeña comisión. Diez días, vamos a auditar todos los estados. . . y averiguaremos qué ocurrió realmente. Es el paralelo en 1876, Hayes y Tilden. No olviden lo que logró esa comisión: fue una comisión que terminó con la Reconstrucción, que estableció [el sistema de leyes discriminatorias en estados del Sur conocido como]  Jim Crow, que después de una Guerra Civil que destrozó a esta nación volvió a esclavizar a los afroamericanos e invitó a la supresión de votantes contra el cual todavía estamos luchando hoy”.

Quizás bien intencionado, Durbin, un demócrata, se equivocó en algunos de sus hechos. Las eleccionde de 1876 entre el reublicano Rutherford Hayes y el demócrata Samuel Tiden vieron a Tiden ganar el voto popular. Pero el republicano Hayes negoció una victoria en el colegio electoral basado en su acuerdo de retirar las tropas federales ocupantes del norte de los estados del sur. Las tropas del norte estaban permanentemente estacionadas allí desde el final de la guerra para evitar que los derrotados propietarios de las plantaciones de la esclavocracia, quienes fueron los fundadores  del Partido Demócrata, los Consejos de Ciudadanos Blancos y el Ku Klux Klan recuperaran el poder y nulificaran efectivamente las enmiendas constitucionales recientemente promulgadas que garantizaban la igualdad de derechos a los antiguos esclavos. En síntesis, a cambio de la presidencia, los republicanos devolvieron al poder a los ex esclavistas, donde sus herederos —incluidos los que se unieron a los republicanos en la era Nixon— permanecen hoy. En cualquier caso, los republicanos de hoy no tenían tal botín que ofrecer, o una inclinación para atraer a los demócratas a separarse de Biden. En efecto, la clase dominante en su conjunto comprende bastante bien que una presidencia de Biden, sin las estúpidas fanfarronadas de Trump, no diferirá en sus fundamentos de las decisivas políticas bipartidistas adoptadas en los últimos cuatro años.

El 6 de enero no fue una insurrección ni un intento de golpe 

“Lo que sucedió ayer en el Capitolio de los EUA fue una insurrección contra los EUA, incitada por el presidente”, dijo el ahora líder de la mayoría del Senado del Partido Demócrata, Chuck Schumer, de Nueva York. El líder de la minoría republicana en el Senado, Mith McConnell, de Kentucky, calificó el ataque como una “insurrección fallida”. [Nota del editor: Con la reciente elección de los senadores de Georgia, Jon Ossoff y el reverendo Raphael Warnock, los demócratas ganaron la mayoría del Senado]. Contrario a las múltiples afirmaciones de insurrección o un intento de golpe, lo que ocurrió el 6 de enero fue el producto de la desilusión de un presidente accidental, narcisista, ególatra, Donald Trump, que creía que podía engañar al sistema capitalista y eludir a sus principales agentes de poder de la clase dominante, para no mencionar su aparato estatal de seguridad nacional y el poder militar establecido. Todos éstos abandonaron en gran medida a Trump durante el período preelectoral, o inmediatamente después.

La polarización de clases de hoy

La movilización en DC del 6 de enero fue acompañada por movilizaciones mucho más pequeñas en otras ciudades, incluida una en Los Ángeles, donde una mujer negra que observaba el evento fue atacada brutalmente. El hecho de que unos 74 millones votaron por Trump en 2020 nos aclara que en tiempos de cada vez mayor desesperación, en los que millones de trabajadores y propietarios de pequeñas empresas han visto sus vidas socavadas en lo más fundamental por cierres masivos de plantas, pérdidas de pensiones y atención médica, así como un ataque bipartidista generalizado a su calidad y nivel de vida, un número significativo de personas se han convertido en demagogos reaccionarios “anti-establishment”, como Trump. Hemos visto fenómenos similares en todo el mundo, desde Inglaterra hasta Europa del Este, hasta en Brasil, en América Latina. En los EUA, muchos partidarios de estas corrientes reaccionarias han sido imbuidos de virulentos prejuicios prejuicios racistas y antiinmigrantes. En estos tiempos cada vez más difíciles, muchas personas son más susceptibles a las incitaciones al odio de parte de Trump, y más aún a las potentes diatribas contra “habitantes de los pantanos de Washington, DC” que favorecen a las grandes corporaciones. Pero estas corrientes están lejos de fusionarse en formaciones de tipo fascista que, en tiempos de gran tensión y cuando las poderosas movilizaciones de la clase obrera amenazan las prerrogativas capitalistas, son convocadas a usar la fuerza y la violencia para defender el poder capitalista. Hoy no existe tal fuerza fascista. De hecho, de las decenas de miles de trumpistas en washington el 6 de enero, sólo un relativo puñado de fanáticos y personas asociadas con los neonazis Proud Boys irrumpieron en el Capitolio, creyendo sin ningún fundamento que podrían alterar el resultado de las elecciones del 3 de noviembre, sin mencionar la naturaleza del gobierno capitalista “democrático”. 

El futuro de la humanidad

En flagrante contraste, unos 20 millones de jóvenes y trabajadores en 2 mil ciudades de los EUA se unieron a las movilizaciones  de Black Lives Matter en el verano, que excedieron con mucho a cualesquiera otras movilizaciones de la clase trabajadora que se hayan dado en la historia de los EUA. Hoy, ni los reaccionarios trumpistas ni los luchadores por la libertad, la liberación y la igualdad social de los negros han establecido formas definitivas de organización: los primeros, vinculados a un cada vez más desacreditado y vociferante demagogo, incapaz de lidiar con una mortal pandemia mortal que está fuera de control, ni con una debilitante crisis económica; y, los segundos, quienes se han desviado momentáneamente hacia el cementerio de los movimientos sociales, el Partido Demócrata.

Hoy en día, el futuro de la humanidad descansa más que nunca en la capacidad de los trabajadores para construir organizaciones de lucha nuevas e independientes para defender  sus intereses y enfrentar el desafío planteado por la barbarie capitalista. Con el tiempo, la clase trabajadora se centrará en la construcción de un movimiento sindical cualitativamente expandido, militante y democráticamente organizado en alianza con todos los oprimidos y explotados. Dicho movimiento defenderá los intereses de los trabajadores en las comunidades de todo el país, en el punto de la producción y en la arena política por medio de la formación de un partido obrero de lucha de masas.

Igualmente, el futuro de la humanidad se basa en el surgimiento y consolidación de un liderazgo negro, latino y nativo americano nuevo e independiente, para defender las luchas de los más oprimidos y explotados y establecer el control democrático de sus comunidades, al mismo tiempo que abre el camino a la formación de partidos independiente negros y morenos en la arena política.

Para ayudar a organizar y unificar las diversas luchas que se avecinan, se requiere construir un partido socialista revolucionario de masas profundamente arraigado. Socialist Action aspira a ser ese partido. ¡Únete con nosotros!

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *