Por qué la clase gobernante impuso a Biden sobre Trump

Jeff Mackler

6 de enero de 2021, Socialist Action.

Traducción de Álvaro Vázquez (LUS).

El presidente eliminado, y fallido aspirante a golpista, Donald Trump, creyó el engaño de que dirigía al país, que podía rescatarlo de manera efectiva de los “habitantes de los pantanos de Washington, D.C.”, a quienes en repetidas ocasiones apodó el “estado oscuro”, al cual Trump nunca definió, pero al que repetidamente denunciaba como el responsable de hechos viles, como manipular elecciones, deslocalizar trabajos, mimar a musulmanes (“terroristas islámicos”) e “inmigrantes violadores” latinoamericanos o incluso participar en guerras extranjeras para llenar los bolsillos del complejo militar-industrial.

Trump, un político oportunista, sin duda, incluyó esto último en ocasiones cuando sus encuestadores indicaban que podría obtener algunos votos de la población en general que se opone cada vez más a las guerras estadounidenses. Los llamamientos populistas del ala derecha de Trump estaban mezclados con racismo, sexismo y estridentes diatribas contra el supuesto socialismo del Partido Demócrata. Por unos pocos votos, fue capaz de cometer infinidad de estupideces —“Soy el mejor presidente para los negros desde Abraham Lincoln” o “Superé la prueba de inteligencia” que se administra periódicamente a los presidentes para detectar la enfermedad de Alzheimer. Se hizo pasar por un individuo superior física e intelectualmente, casi invulnerable al COVID-19, un reaccionario anti-ciencia, defensor de supervivencia del engaño de la “inmunidad demanada”,  del más apto, un negacionista del calentamiento global y una personalidad inefable con la capacidad de eludir canales diplomáticos tradicionales para hacer “tratos” personales con líderes mundiales controvertidos que habían eludido a sus predecesores durante décadas.

Prestó apoyo indirecto a pequeños grupos de odio neofascistas como para mantenerlos en reserva para futuros enfrentamientos con los supuestos manifestantes negros violentos anti-policía, mientras tenía al establishment del Pentágono y a sus militares como bajo su control absoluto. En nombre de la defensa de los empleos estadounidenses, se jactó de eludir las organizaciones comerciales internacionales establecidas, creadas por los gobernantes capitalistas más ricos para moderar los conflictos en beneficio de las potencias dominantes. De manera similar, abandonó a algunas corporaciones estadounidenses líderes, para imponer aranceles estrictos a las naciones competidoras supuestamente ofensivas. En resumen, en algunos asuntos críticos —no del todo seguro— este narcisista ególatra presumía estar por encima de la clase dominante estadounidense, como un poder por sí mismo.

Cuando estaban en juego $ billones de dólares [Nota del traductor: 1 billón en español es equivalente a un trillion en inglés americano o sea a un millón de millones, 1 billion en inglés es equivalente en español a 1 mil millones], como es el caso con los habituales rescates corporativos bipartidistas aprobados tanto por demócratas como por republicanos, los recortes de impuestos y la legislación de “estímulo” destinada a apuntalar a la élite corporativa, Trump se comportaba como miembro del equipo gobernante. Era inicialmente tolerado. Cuando se convirtió en una vergüenza para el gran capital, tuvo que ser abandonado a su debido tiempo. Trump se resistía, pensaba lo contrario.

Accidente de la historia

Trump llegó a la presidencia de los Estados Unidos como un accidente de la historia —sin nada con respecto a las credenciales políticas del establishment. Era un presentador de un “reality show” en la serie “El aprendiz” que consistía en juzgar la agudeza comercial de los supuestos empresarios competidores. Era un fracasado empresario de casinos de juego, un aspirante a manipulador de magnates de bienes raíces, evasor de impuestos, mujeriego y personalidad de hombre rico que, a lo largo de los años, se convirtió en parte del grupo social de seguidores ricos y famosos que festejaban juntos y eran siempre visibles en un sin fín de asuntos de bienhechores filantrópicos y recaudaciones de fondos políticos. Sus oponentes en las primarias del Partido Republicano en 2016, incluidas importantes figuras como el ex gobernador de Florida Jeb Bush hijo y hermano de ex presidentes), el senador de Texas Ted Cruz, el senador de Florida Marco Rubio y líderes republicanos de la primera fila similares fueron ridiculizados por Trump como burócratas de la vieja guardia, incoloros, débiles e indecisos. Hizo lo mismo con Hillary Clinton y sus principales contendientes del Partido Demócrata. No fueron rivales para la extravagancia y la fanfarronería antisistema de Trump. Al perder el voto popular, Trump, sin embargo, triunfó en el antidemocrático Colegio Electoral y ganó la presidencia. Montado en una ola de amplio descontento populista, desafió las encuestas y ganó la Casa Blanca.

Trump no fue el primer “extraño” en ganar un cargo público importante. Era el caso cuando una nueva cara emergía en la escena que parecía contrarrestar La política anterior de negocios como siempre que había producido cada vez más millones de resentidos y desilusionados que habían perdido sus empleos y su nivel de vida de “clase media” ante las exigencias económicas de un capitalismo estadounidense declinante que deslocalizó o cerró plantas industriales en masa y/o las reemplazó con fábricas manejadas por robots mientras ofrecía, en su lugar, empleo asalariado mal pagado en Walmart o en otras empresas por el estilo.

Los californianos, previamente, habían elegido a estrellas de cine de nivel B de los principales medios de comunicación (Ronald Reagan), físico culturistas de clase mundial (Arnold Schwarzenegger) y en Minnesota, un luchador profesional (Jessie Ventura). Pero había una diferencia fundamental entre Trump y estas personalidades. Trump creía que él podía gobernar  el país por su cuenta, o mejor, con un grupo central de serviles aduladores, colocados en posiciones clave de “poder”. Los nombrados que desafiaron sus dictados eran una y otra vez despedidos.

En agudo contraste, los “extraños” antes mencionados entendieron desde el primer día de su gobierno que los fundamentos en la toma de decisiones de la clase dominante no deberían ni podrían ser alterados, independientemente de cuál político ocupara el cargo principal. Los gobernadores Schwarzenegger, Reagan y el gobernador “socialmente progresista /socialmente conservador” Jerry Brown, “rayo de luna”, no tenían ninguna intención de pretender que gobernaban California, la quinta nación más rica del mundo en términos del PIB. Muy correctamente entendieron que habría cero desafíos a los gigantes monopolistas de la agroindustria de California, donde la tecnología de punta y vastas tierras fértiles monopolizaban gran parte de la producción de alimentos de la nación, o para sus fábricas de armas que producían gran parte de la maquinaria de guerra de la nación, o para sus monopolios de seguros, bienes raíces y los monopolios de la manufactura que habían gobernado el estado por décadas. No importa el partido que ocupara la mansión estatal, gobernaba el gran capital. Hoy, son los demócratas “liberales” los que administran el “Estado Dorado”, siempre imponiendo recortes sociales, privatizando la educación pública y otorgando exenciones fiscales a los ultrarricos de California, estado que ocupa el primer lugar en infecciones y muertes por COVID-19.

El fallido golpe de Trump

Trump creía que podía desafiar a la élite gobernante por la fuerza de su voluntad. Estaba totalmente equivocado. Como veremos, fracasaron todas sus maniobras electorales abiertamente amenazadoras y concebidas para conseguir la anulación de las elecciones en que fue derrotado. Unas dos semanas antes de las elecciones, el 24 de septiembre, cuando cada vez más las encuestas mostraban que Trump perdería, él sonó la alarma al responder a la inesperada pregunta de un reportero: “Gane, pierda o empate, ¿se comprometerá hoy aquí por una transferencia pacífica del poder después de las elecciones?” Trump respondió: “Tendremos que ver qué sucede. . . Queremos deshacernos de las boletas [enviadas por correo], y tendremos

una jornada muy pacífica, aunque francamente no habrá una transferencia. Habrá una continuación”.

Posteriormente, Trump repitió su amenaza de declararse presidente el día de las elecciones basándose en la presunción de que sus leales gobernadores republicanos, los jueces estatales y las legislaturas estatales de mayoría republicana, y eventualmente la Corte Suprema de Estados Unidos, afirmarían su rechazo al conteo de las boletas por correo. Anticipándose a posibles masivas movilizaciones —si no fuera de control— contra él en caso de que se manifestará para anular los resultados de las elecciones, Trump consideró la Ley de Insurrección de 1807 como un vehículo para hacer cumplir su voluntad, es decir, para desplegar el ejército de EE.UU. y la Guardia Nacional federalizada, tropas para reprimir brutalmente a quienes resistieran sus anunciadas amenazas de golpe. Tales fueron las intenciones declaradas de Trump meses antes en junio durante las protestas masivas en más de 2000 ciudades y pueblos de EE.UU. donde unos 20 millones se movilizaron para protestar por el asesinato policial de George Floyd y marcharon en solidaridad con las históricas manifestaciones antirracistas de Black Lives Matter. En ese momento, Trump llamó a su principal general, el presidente del Estado Mayor Conjunto Mark Milley, junto con su entonces secretario de Defensa Mark Esper y un séquito de funcionarios del gobierno para que lo acompañaran en un acto en la Lafayette Square, adyacente a la Casa Blanca, frente a la Iglesia Episcopal de St. John para una sesión fotográfica de un minuto, Biblia en mano. A unas cuadras de distancia, las tropas de la Guardia Nacional gaseaban frenéticamente y brutalizaban a miles de manifestantes pacíficos, incluidos varios periodistas de los medios. Milley y Esper poco después se lamentaron de haber acompañado a Trump y de su implicación intencionada de que los había puesto a cargo, a través de las disposiciones de la Ley de Insurrección de emplear gases nocivos, balas de goma y violencia policial contra manifestantes pacíficos.

Meses después, el 22 de diciembre, Trump se encontró aislado y secuestrado en reuniones no oficiales de la Casa Blanca donde se informó que los participantes estaban contemplando, según el New York Times (NYT) del 21 dediciembre, invocar la ley marcial para obligar a los funcionarios renuentes en cuatro estados a entregar las máquinas electorales, para la inspección de un abogado independiente aún por nombrar. Una vez más, ¡no hubo compradores! Entonces, Trump consideró la posibilidad de desplegar fuerzas de ICE (Aduanas y Centros de Inmigración) con el mismo propósito, otra vez, con cero apoyo. Se dijo que la teórica de la conspiración Sidney Powell, una de los abogados personales de Trump, estaba en consideración para el puesto de abogada independiente para investigar las infundadas afirmaciones de Trump de fraude electoral.

Increíblemente, la teoría de la conspiración “kraken” de Powell postula una red nacional de fraude electoral en expansión, repleta de pedófilos, organizada nada menos que para negarle la presidencia a Trump. ¡Se alegó que las máquinas de votación de Dominion Corporation, utilizadas en los estados clave, según los locos de la “teoría” de kraken, fueron pirateadas por partidarios del expresidente venezolano Hugo Chávez! El equipo legal de Powell, que incluye a Rudolf Giuliani —abogado personal de Trump—, presentó unas cincuenta demandas alegando esta conspiración de votantes anti-Trump. Todas fueron rechazadas, junto con una demanda de la Corte Suprema presentada por el gobernador de Texas, respaldada por “Amigos de la Corte”: firmada por funcionarios republicanos de una docena de estados y una mayoría (126) de los miembros republicanos de la Cámara de Representantes. Aparentemente, estos últimos agregaron sus nombres por temor a “perder sus escaños” por un vengativo Trump, en 2022 Ningún senador republicano de Estados Unidos firmó.

Los partidarios de Trump rompen filas

Es en este contexto —donde William Barr, fiscal general de Trump, anunció su renuncia, desafiando las presiones de Trump tanto para declarar elecciones amañadas como para designar un abogado independiente para investigar; en el que Esper, secretario de Defensa de Trump, fue despedido por razones similares, en donde el cuasi portavoz de Trump, la fanática religiosa Sidney Powell, supuesta experta constitucional, ha solicitado las renuncias de casi todos los directores no conformes de  la CIA y el FBI, por su igual rechazo a unirse en complicidad a los esfuerzos golpistas de Trump— que examinaremos a continuación quién realmente gobierna Estados Unidos.

El presidente del Estado Mayor Conjunto de Trump, el general Mark Milley, comenzó a responder sin rodeos a esta pregunta cuando declaró públicamente poco después del día de las elecciones, ante el rechazo de Trump a los resultados: “No hacemos un juramento a un rey o una reina, A un tirano o dictador. No hacemos un juramento a un individuo”. En la misma línea, el exfiscal general Barr, después de meses de hacerse eco de las fantasías de Trump de fraude electoral de las boletas electorales

enviadas por correo, y afirmar que si Trump no fuese reelegido, “el país estaría irrevocablemente comprometido con el camino socialista”, de igual manera abandonó el barco que se hundía.

¿Quién gobierna EE.UU.?

Entonces, ¿quién manda, en realidad, en EE.UU.? ¿Qué es la clase dominante de  EE.UU.? ¿Qué poderes tiene? Incontables volúmenes se han escrito sobre el tema. Más recientemente, el libro de Peter Philips, Giant.The Global Capitalist Elite[Gigante.  La élite capitalista global}, Seven Stories Press 2018, proporciona algunas ideas críticas interesantes. Phillips demuestra con gran detalle que la clase dominante estadounidense y sus componentes ahora globalizados,esencialmente gobiernan al mundo. En EE.UU. capitalistas, hasta que llegó Trump,todos los presidentes habían entendido este simple hecho.

Dejando a un lado el accidente de Trump, esta élite gobernante de Estados Unidos comenzó sus relaciones con Trump basándose en la suposición de que, con el tiempo, su buen y poderoso influjo sería bienvenido y que esto sería suficiente para “civilizar” a este tonto y tempestuoso fanfarrón, que “contemporizaría” sus diatribas internacionalmente vergonzosas contra los aliados tradicionales de Estados Unidos, y que con el tiempo Trump se doblegaría a su voluntad colectiva. Estaban equivocados.

Desde el principio y a la velocidad del rayo, la administración de Trump ha estado marcada por despidos y/o salidas sin precedentes de altos funcionarios que se atrevieron a disentir, hecho resaltado más gráficamente por la renuncia al inicio de su gobierno de su secretario de Estado Rex Tillerson, ex director ejecutivo de una de las mayores corporaciones estadounidenses, ExxonMobile. Un exasperado Tillerson llamó a Trump, según un reportero del NYT, un “chingado idiota”. Gráficamente la exposición del libro de Phillips, de casi 400 páginas, revela el poder de la clase dominante. Documenta que son “diecisiete gigantes de esta élite mundial”, en su mayoría con sede en Estados Unidos, quienes operan y dominan en todo el mundo.

Activos combinados de 41.1 billones de dólares.

En su mayoría, los bancos estadounidenses y las instituciones financieras con inversiones interrelacionadas y miembros comparten las juntas directivas que operan en casi todos los países del mundo. Ellos, junto con las corporaciones “menores” de miles de millones de dólares [1 mil millones de dólares en el sistema monetario nacional equivale a 1 billion dollars en los EE.UU. Nota del traductor], son las instituciones centrales del capitalismo financiero monopolista mundial que impulsan el sistema económico global y su infraestructura interconectada. Los gobiernos occidentales, las instituciones financieras internacionales como el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional, los organismos de política internacional como el Consejo de Relaciones Exteriores, los bloques militares dominados por Estados Unidos como la OTAN y el complejo militar-industrial altamente monopolizado están bajo su dominio casi exclusivo. Los $ 41.1 billones de dólares que constituyen los activos combinados de estos 17 líderes casi duplican el PIB total de los EE.UU. ($ 22.3 billones de dólares), la economía más grande del mundo.

Los 17 líderes incluyen once gigantes corporativos de EE.UU. que cada uno de ellos preside activos de $ multi-billones de dólares. Estos incluyen el gigante líder Blackrock con $5.4 billones de dólares en activos a partir de 2017, seguido por Vanguard Group, JP Morgan Chase, Bank of America Merrill Lynch, State Street Global Advisers, Fidelity Investments, Bank of New York Mellon, Capital Group, Goldman Sachs Group, Prudential Financial y Morgan Stanley. Hoy, tres años después, Blackrock hace públicos sus activos en $7 billones de dólares, una cantidad que excedió todo el presupuesto de los EE.UU. en 2020 ($ 4.79 billones de dólares). Las seis potencias económicas restantes no estadounidenses,  algunas de las cuales operan en conjunto con las gigantes estadounidenses, tienen sus oficinas centrales en Alemania, Francia, Gran Bretaña y Suiza. Los 17 directorios ejecutivos, sus miembros de la junta y las personas designadas son los verdaderos responsables de la toma de decisiones en la sociedad estadounidense, no personas como el pequeño dueño de un casino de juego/presentador de Apprentice TV/ ladrón de bienes raíces y estafador Donald Trump.

Alrededor de la mesa de la clase dominante

Un pequeño incidente relacionado con la crisis financiera de 2008 es instructivo. Imaginemos a los directores ejecutivos de las principales instituciones financieras del país, incluida la mayoría de los arriba enumerados, sentados alrededor de una extensa mesa de caoba de un hotel de Washington, D.C., deliberando sobre qué hacer cuando las instituciones bancarias del país invirtieron $ miles de millones de dólares sin precedentes en hipotecas fallidas y enfrentando un inminente desastre.

Dejando a un lado la modestia, esta fue la escena que yo mismo imaginé que sería cuando sucedió en realidad. El New York Times lo confirmaría con una foto de esta asamblea de la clase dominante, incluidos los directores ejecutivos de los principales banqueros del país. Muchos de los miembros de la “Elite del Poder” estaban en la habitación. ¡El Times no confirmó si la mesaera de caoba! También estuvieron presentes los jefes del Departamento del Tesoro de Estados Unidos y la Reserva Federal de Estados Unidos, Henry Paulson y Benjamin Bernanke, respectivamente. Después de sus liberaciones de inmediato, estos últimos se dirigieron al Congreso de los Estados Unidos para presentar su propuesta de un rescate instantáneo sin precedentes de $ 800 mil millones de dólares. Su texto tenía sólo unas pocas páginas. En Times informó que primero pasaron por la oficina del entonces presidente de Estados Unidos, George W. Bush, para informarle que si su propuesta no era adoptada, el sistema financiero del país enfrentaría un colapso inminente. La respuesta de Bush fue instructiva: “¿Por qué nadie me lo dijo?” Minutos después, la propuesta fue presentada al Congreso. Una adicional tajada de “carne de puerco” de $ 200 mil millones de dólares fue incluida pocos días después por aquellos que no habían sido consultados. El hecho se había consumado: $1 billón de dólares fue regalado a la clase dominante en un instante.

A esto le siguió un plan de rescate corporativo de varios años y miles de millones de dólares mensuales llamado de flexibilización cuantitativa, en el que la administración de Obama, justificando su decisión en la “estimulación” de  la economía a través de supuestas inversiones gubernamentales en proyectos de infraestructura para la “creación de empleo” de vital necesidad, en realidad donaba miles de millones de dólares mensuales en préstamos casi sin intereses a la élite corporativa, que a su vez “invirtió” este dinero gratis en el mercado de valores cada vez más parecido a un casino y en empresas especulativas. Los súper ricos se hicieron más ricos que nunca de la misma manera que con los rescates corporativos bipartidistas de la era Trump, las “reformas fiscales” y los proyectos de ley de “estímulo” de la llamada Ley CARES. Todas ellas funcionaron para impulsar los índices bursátiles a máximos históricos.

Dinero gratis a la élite corporativa fluía como nunca antes Al igual que con Trump, los programas de Obama fueron bipartidistas en todo momento. Ningún capitalista que se respete podrá quejarse de que los $ billones de dólares — supuestamente destinados a trabajos y préstamos para esos millones de ciudadanos que perdieron sus hogares y ahorros en la crisis masiva de ejecuciones hipotecarias— no fueron a parar a los súper ricos.

Billones de dólares para calmar a los más ricos

Lo mismo sucede en la actualidad. Un artículo de primera plana en el NYT del pasado 2 de diciembre titulado “Enterrados en el proyecto de ley de ayuda pandémica están miles de millones de dólares para calmar a los más ricos”. El artículo comienza así, “Escondido en el proyecto de ley de gastos de 5,593 páginas que el Congreso se apresuró a aprobar, pendiente de la firma de Trump [colocado el 28 de diciembre de 2020] el lunes por la noche está una disposición que algunos expertos llaman un regalo de 200 mil millones de dólares para los ricos. Esta única disposición en el paquete de 900 mil millones de dólares incluye la condonación de préstamos y exenciones de impuestos, según el Times, que están destinados principalmente para “el 1 por ciento más rico”. Pero el Times profundizó más, enumerando una cifra muy grande de disposiciones adicionales llamadas “la carne de puerco”, que incluyen miles de millones de dólares en asignaciones para el hipódromo de Mitch McConnell en Kentucky, 5 mil millones de dólares para el Pentágono, 2 mil millones de dólares para pistas de autos de carreras y 6.3 mil millones de dólares en cancelaciones para comidas de negocios. Previamente legisladas, las tasas impositivas temporales más bajas aplicadas a los destiladores, cerveceros y viticultores se hicieron permanentes. De manera similar, fueron incluidos los fondos para el muro de Trump.

Alexandria Ocasio-Cortez suena la alarma

Sin embargo, lo más revelador fue el tuit de la congresista Alexandria Ocasio-Cortez, (AOC), que decía: “Los miembros del Congreso no han leído este proyecto de ley. Este tiene más de 5000 páginas, llegó hoy a las 2 p.m. y se nos dice que esperemos una votación en 2 horas. . . Esto no es una gobernanza. Es una toma de rehenes”. El senador derechista de Texas, Ted Cruz, confirmó la verdad de AOC, exponiendo públicamente cuál es literalmente la norma con respecto a cada regalo de mega miles de millones de dólares legislado por el Congreso de los EE.UU., “Es absurdo tener una factura de gastos de 2.5 billones de dólares [el estimado de Cruz del paquete total que incluye artículos no pandémicos] negociada en secreto y luego —horas después— exigir un voto a favor o en contra de un proyecto de ley que nadie ha tenido tiempo de leer”. El “nadie” de Cruz entre 435 congresistas y los 100 senadores estadounidenses que aprobaron el proyecto de ley está ligeramente fuera de lugar. El puñado de “expertos” que tradicionalmente redactan esta legislación son los representantes directos de la clase dominante que gobierna el país.

Se sintieron un poco nerviosos en las vacaciones de navidad cuando Trump intervino en su camino hacia Mar-a-Lago para ridiculizar a ambos partidos  por la patética asignación de $ 600 dólares por persona por el COVID-19.

Con miras a mantener su “imagen ante la gente”, en su típica postura oportunista y populista, Trump insistió en que la cifra se elevara a 2000 dólares por persona. Sólo pasó un día, una vez que fueron apretados los tornillos por la clase dominante y Trump firmó, junto con los demócratas —quienes el día anterior alegremente se unieron a la propuesta de Trump de $ 2000 dólares— sólo para retirarla casi instantáneamente.

Hoy, el pequeño pillo que es Trump está en vías de salida, en gran parte abandonado por las instituciones del establishment y sus medios de comunicación. Todos entendieron que no fueron elegidos ni designados para ratificar los planes golpistas de un idiota. Más generalmente, Trump fue abandonado por la élite empresarial, donde sus más elevados escalones invirtieron miles de millones de dólares sin precedentes en la campaña de Biden, excediendo en mucho a los de Trump. Lo mismo ocurre con los jefes militares y las principales figuras en el aparato de seguridad nacional, quienes se declararon públicamente por Biden y no por Trump.

Biden vs Trump

La diferencia entre Trump y Biden es que este último entiende y acepta acatar las reglas del orden capitalista. Trump, un intrigante ególatra, con delirios de grandeza —repetimos un presidente accidental—, creyó y actuó bajo la premisa de que podía engañar al sistema y desafiar a los poderes reales que supervisan el funcionamiento de la América capitalista e imperialista.

Una declaración de la junta editorial del NYT del 11 de noviembre sobre el intento de golpe electoral de Trump es instructiva. Al presentar su punto de vista, el Times tomó la medida inusual de presentar su declaración como sigue: “El consejo editorial es un grupo de periodistas de opinión cuyos puntos de vista están informados por la experiencia, la investigación, el debate y ciertos valores de larga data. Este consejo está separado de la sala de redacción”. El Times olvidó mencionar que su declaración reflejaba las opiniones de sus dueños corporativos alineados con el Partido Demócrata en el negocio de los “guardianes de la libertad” para los objetivos de la clase dominante.

Bajo el titular “La farsa de ‘Trump ganó’ ya no es nada divertida”, el Times, citando el comentario anterior del general Milley de que “No juramos a un rey o una reina, un tirano o un dictador”, consideró necesario  afirmar que, “El ejército también ha dejado en claro cuál es su situación”. [Énfasis agregado]. Que el “periódico oficial” en los capitalistas EE.UU. se haya sentido obligado a declarar ante su audiencia mundial que el ejército estadounidense también había rechazado la amenaza de golpe de Trump, nos informa que algunos entre la élite gobernante se tomaron en serio las amenazas de Trump. Hoy, con respecto a esta élite gobernante, la amenaza de Trump reside más en sus preparativos para una posible repetición de 2024 que en un recurso de una u otra maniobra final del juego que Trump pueda presionar sobre sus asustados e intimidados lambiscones republicanos de la Cámara, para quienes una curul para aprobar periódicamente $billones de dólares en leyes diseñadas por y para la clase dominante es suficiente, siempre que sean recompensados a su vez con unos cuantos millones de dólares para sus propios bolsillo.

El rey Biden

Finalmente, tenemos al presidente electo asumiendo. Hay que dar cuenta de la postura del rey Biden, el hombre de pocas sorpresas. Los nombrados por el gabinete de Biden están en la línea directa de sucesión de sus predecesores Bill Clinton y Barack Obama, es decir, experimentados servidores políticos de la clase dominante que sin excepción apuntan a implementar los dictados del capital financiero monopolista.

Previamente hemos detallado sus historias. (Ver mi:“Ruling class politics or socialist revolution?” en, socialistaction.org. [¿Política de la clase gobernante o revolución socialista?]

Concluiremos, con una pequeña revelación publicada en The Intercept. La semana pasada, Biden se dirigió a una reunión privada vía zoom con siete “líderes de derechos civiles”. El editor de Black Agenda Report, Glenn Ford, los describe como la “clase negra del mal liderazgo”, ninguno de los cuales jugó un papel significativo en la organización de las protestas independientes sin precedentes del verano de Black Lives Matter, que hicieron estallar en gran medida el mito de la justicia y la igualdad racial en la América racista/capitalista. Estas movilizaciones de verano, las más grandes en la historia de Estados Unidos, expusieron el racismo sistemático que impregna a todas las instituciones estadounidenses. Biden, con varias décadas de servicio en la Cámara, el Senado y como vicepresidente de Obama, asumió la tarea de incorporar los intereses de la vieja élite segregacionista sureña de los linchamientos en los asuntos de gobierno, es decir, en su clásica alianza con el Partido Demócrata generalmente encabezada por “liberales del norte”.

Más recientemente, Biden jugó un papel clave en la elaboración de la versión más moderna que facilitó el escenario racista para el encarcelamiento masivo, de la escuela a la prisión, que envía a millones de los más oprimidos a trabajos carcelarios para las corporaciones de Las 500 de Fortune con salarios de trabajo de esclavo que promedian cincuenta centavos por hora. Todavía, como si se tratara de un monarca en pose, Biden advirtió a este grupo de conciliadores, bien ordenados por corporaciones “respetadas” y aceptables de la clase dominante, que no emitirá órdenes presidenciales ejecutivas que podrían eludir las restricciones “constitucionales”.

Biden también advirtió que la presión sobre su administración en torno a la reforma policial podría disminuir las posibilidades del partido en las próximas elecciones del Senado en Georgia. El hecho de que los republicanos definan a los demócratas como partidarios de quitarle fondos a la policía, argumentó Biden, “es la forma en que nos golpearon en todo el país”. Dijo el estridente, sermoneador y condescendiente Biden, subordinado en todos los aspectos a los caprichos y deseos de la clase dominante estadounidense, pero superior en comportamiento y en todos los aspectos a sus subordinados reunidos, entrenados, financiados y dominados como títeres del Partido Demócrata. “Está bien, déjame responder. Me tengo que ir. Hay mucho a responder aquí. Vamos a dejar algo claro. No deberían decepcionarse. Lo que tengo hecho hasta ahora, es más de lo que nadie ha hecho, número uno. Número dos: me refiero a lo que digo cuando lo digo. Soy la única persona que se ha postulado en tres plataformas y me dijeron que no podría ganar las elecciones. Y nunca dejé de hacerlo. Lo primero estaba en restaurar el alma de este país por lo que vi suceder en Charlottesville Eso fue todo. Nadie más estaba hablando de eso. Nadie más. Yo lo hice. Las palabras de un presidente importan, lo que dice el presidente importa. . .

En medio del debate lo llamé [a Trump] racista. Me enfrenté al supremacista blanco. Soy el tipo que acepta esto cada vez que alguien era amenazado en este país, el único chico blanco que conoces que lo hizo. ¡Punto!”

Tal fue el “programa” y la perspectiva que el autoproclamado “niño blanco” ofreció en privado a sus subordinados negros, como para dar a entender que era mejor de lo que podrían esperar de otros niños blancos. ¡Tómenlo o déjenlo! Este sórdido episodio de Biden-Trump en la política de la clase dominante nos comprueba una vez más que los trabajadores no tienen nada que hacer en el espectáculo de $ 14.3 mil millones de dólares que cada cuatro años se da para escoger a la figura que residirá en la Casa Blanca y que se pretende es una fuerza decisiva en asuntos críticos. Pero no. Con respecto a las inherentes crisis económicas periódicas y cada vez más profundas y mortales del capitalismo, su racismo sistémico, sexismo y prejuicio LGBTQI, sus guerras imperialistas en todo el planeta, sus catástrofes climáticas y ambientales, y las pandemias asesinas presentes y venideras, los ricos gobernantes tienen cero soluciones.

Estas últimas se encuentran únicamente en el dominio de la lucha de la clase trabajadora: en el surgimiento de formaciones de frente único, nuevas, independientes y orientadas a la acción de masas, que incluyen a todas las víctimas del capitalismo en luchas decisivas y que promueven los intereses de la humanidad para que con el tiempo se hunda el sistema capitalista en su totalidad.

Este es el trabajo de la generación emergente de los jóvenes combatientes de Hoy quienes encontrarán su camino en las filas de los partidos socialistas revolucionarios de masas probados en la lucha.

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