Todo eso que Rosa Luxemburgo le dice al presente

Isabel Loureiro

Se cumplen 150 años del nacimiento de la gran luchadora y se celebran coloquios en el mundo entero. Teorizó tempranamente sobre las ideas marxistas y fue revalorizada por las feministas alemanas en los 80; hoy también es una figura tutelar del ecosocialismo.

Revista Ñ, 5-3-2021

Correspondencia de Prensa, 6-3-2021

«Por decir a los pobres la verdad” (Bertolt Brecht), fue asesinada en Berlín el 15 de enero de 1919 por soldados de una milicia protofascista, al mando de sus antiguos compañeros de partido. Militante del socialismo polaco, alemán e internacionalista, al mismo tiempo que se transformó en mártir de la causa comunista, sus ideas fueron olvidadas, distorsionadas o prohibidas por la izquierda hegemónica en el siglo XX. Su espíritu abierto, resultado de un sentimiento espontáneo de la vida, que resultó en una interpretación no dogmática de la teoría de Marx, no agradó a la burocracia comunista.

Su obra volvió a despertar el interés cuando, en las rebeliones estudiantiles de 1968, regresó como símbolo de rebeldía. Desde entonces, se han realizado más de 40 biografías, numerosas obras de teatro, novelas y películas sobre esta figura única del socialismo internacionalista. En América Latina, su proyecto radicalmente anticapitalista, antinacionalista, anticolonial, antiimperialista y políticamente libertario comienza finalmente a conquistar un público más amplio. Rosa se convirtió en la semilla de luchas feministas y ecosocialistas.

Rosa Luxemburgo nació el 5 de marzo de 1871 en la pequeña ciudad de Zamość, en la Polonia rusa, y se transformó en una extraordinaria representante del pensamiento y la acción revolucionaria en Europa. Estudió filosofía, historia, política, economía y matemáticas de forma simultánea y se doctoró en una época en que muy pocas mujeres iban a la universidad.

Lenín, Trotski, el influyente checo Karl Kautsky y el pacifista Jean Jaurès fueron algunos de los marxistas canónicos con los que debatió, acordó y estuvo en pugna a lo largo de su vida. Entre 1904 y 1907 el trabajo de Rosa se vio interrumpido a causa de tres encarcelamientos por motivos políticos. Sin embargo, ella mantuvo su actividad. Su recorrido por los grandes congresos socialistas internacionales comenzó en Amsterdam en 1904 y en 1907, tomó parte en el V Congreso en Londres, donde se entrevistó con Lenín (que la llamó “Águila de la Revolución”).

Por esos años, Rosa comenzó a enseñar marxismo y economía en el centro de formación del Partido Socialdemócrata Alemán (SPD), en Berlín. En 1912, su cargo de representante del SPD la llevó a los congresos socialistas europeos como el que tuvo lugar en París. Ella y el socialista francés Jean Jaurès propusieron que, en el caso de que estallara la guerra, los partidos obreros de Europa debían declarar la huelga general. Sus libros más conocidos, y traducidos al castellano, son Reforma o Revolución (1900), Huelga de masas, partido y sindicato (1906), La Acumulación del Capital (1913) y La revolución rusa (1918).

Junto con los activistas Karl Liebknecht, Clara Zetkin -la líder feminista “oficial” de la socialdemocracia alemana- y Franz Mehring, creó el grupo Internacional el 5 de agosto de 1914, el cual se convertiría en enero de 1916 en la Liga Espartaquista. El 1 de enero de 1919 esa liga junto a otros grupos socialistas y comunistas crearon el Partido Comunista de Alemania (KPD), principalmente gracias a la iniciativa de Karl Liebknecht y Rosa Luxemburgo. En ese mismo mes, una ola revolucionaria sacudió Alemania, aunque algunos de los líderes del KPD –incluida Rosa Luxemburgo– no deseaban promoverla. En respuesta al levantamiento, el líder socialdemócrata Friedrich Ebert accedió a que la milicia nacionalista lo sofocara. Tanto Rosa como Liebknecht fueron capturados en Berlín el 15 de enero de 1919 y asesinados ese mismo día. Rosa no había cumplido los 50 años. Fue atacada a culatazos, recibió un disparo en la cabeza y en su agonía fue lanzada al Landwehrkanal de Berlín, un riacho que en el posterior reparto de las Alemanias quedó dentro de la traza de Berlín occidental, en el bohemio barrio de Kreuzberg. La orilla de ese canal fue un lugar de memoria silenciosa, sin un mojón, a lo largo de la Segunda Guerra y la Guerra Fría. Liebknecht, por su parte, recibió un tiro en la nuca y su cuerpo fue enterrado en una fosa común.

Cuatro meses luego de su asesinato, el cuerpo de Rosa fue encontrado y reconocido por sus guantes. Tuvo una despedida popular multitudinaria en Berlín.

¿Rosa era feminista?

En la época de Rosa Luxemburgo, la tesis de la inferioridad natural de la mujer era ampliamente aceptada en la sociedad patriarcal de la Alemania imperial: el código civil establecía la subordinación de la mujer y los hijos al marido. Recién en 1908 se levantó la prohibición a su participación en la vida política y a su ingreso a la universidad. La idea de una naturaleza femenina, que obligaba a la mujer a limitarse al papel de esposa y madre, era moneda corriente. En este escenario, la principal bandera feminista consistía en la lucha contra la desigualdad entre los sexos, especialmente la lucha por los derechos políticos, que fueron alcanzados sólo cuando cayó la monarquía en 1918.

Sabemos que Rosa no tenía ningún interés particular en los «asuntos de mujer» y que no se la puede considerar una feminista en el sentido actual del término. Al leer lo poco que escribió al respecto, veremos que su posición es básicamente la misma que la de su amiga Clara Zetkin, la líder feminista “oficial” de la socialdemocracia alemana, con quien Rosa aprendió lo que sabía sobre el tema. Ambas separan el «feminismo burgués» y el «feminismo proletario», consideran el trabajo asalariado fundamental para la emancipación femenina y critican la hipocresía de la familia burguesa, con su inherente desigualdad.

Esto queda claro cuando Rosa comenta sobre el Congreso Internacional de las Mujeres, celebrado en Berlín en 1904, que ve como un congreso de señoras burguesas. Para ella, la lucha consecuente por los derechos de las mujeres es inseparable del combate contra el racismo, como en los primeros tiempos del movimiento feminista en Estados Unidos.

Rosa critica el movimiento feminista europeo con sus demandas fútiles, que solo cumplen el papel de llenar el «vacío de la vida y la cabeza» de las señoras burguesas, cansadas de servir de muñecas o cocineras de sus maridos. Ella ironiza el «ingreso de las mujeres a las universidades, andar en bicicleta, derecho de voto para los parlamentos, enseñar floricultura y manualidades a las niñas, discutir cuál es la mejor manera de educar a los niños, usar ropa cómoda, etc.» En cambio, la mujer trabajadora, que se niega a asistir a este congreso de burguesas, «es igual a su compañero en el sufrimiento del trabajo para obtener el pan de cada día para ella y sus hijos». Haciendo realidad el deseo, Rosa considera que ya existe la igualdad entre hombres y mujeres del proletariado por las siguientes razones: ambos trabajan para el capital y perciben salario, justificación para tener los mismos derechos políticos en la sociedad capitalista; ambos están comprometidos en la lucha por el socialismo y saben que «tan pronto como la clase trabajadora victoriosa haya eliminado toda explotación y opresión del hombre por el hombre, también encontrará fin la larga dominación de la mujer por el género masculino».

En los pocos artículos que escribió sobre el tema, Rosa adopta la posición convencional de las feministas marxistas de principios del siglo XX, en la que la cuestión femenina es sólo un aspecto de la cuestión social. Además, considera que la mujer trabajadora es superior a la burguesa porque se independizó a través del trabajo remunerado. Contra la estrechez de la vida doméstica, presenta una visión idealizada de la mujer trabajadora y parece ignorar la opresión de género en la clase trabajadora: “Es sólo en la proletaria moderna que la mujer se convierte en un ser humano, porque sólo la lucha produce el ser humano, la participación en el trabajo cultural, en la historia de la humanidad”.

El razonamiento se limita a la oposición simplista entre «feminismo burgués» y «feminismo proletario». Temas como la doble jornada laboral, la creación de servicios para facilitar las tareas domésticas, el derrumbe de la familia considerada como una institución para la reproducción de la ideología burguesa, la unión libre, etc., como reclamaban las mujeres rusas en la Revolución de Octubre de 1917, no son temas abordados en sus artículos, aunque Rosa era consciente de la hipocresía de la vida familiar en ese momento, incluidos los trabajadores.

Ella misma no construyó una familia, aunque en su juventud anhelaba ardientemente casarse con su pareja Leo Jogiches y tener un hijo/una hija con él. Pero Leo, un militante totalmente volcado a la revolución, para el que la familia significaba un estorbo, no servía para ese papel. Rosa, arrastrada por el torbellino de la vida política, terminó aceptando lo que consideraba una limitación.

En estos artículos llaman la atención tres aspectos de gran actualidad: la unión entre feminismo y combate al racismo; la reflexión de que el arduo trabajo doméstico, “un aporte gigantesco en términos de autosacrificio y dispendio de fuerzas”, que ayuda al hombre “a garantizar, con un salario exiguo, la existencia diaria de la familia y la educación de los hijos” es injustamente considerado improductivo. Rosa parece descontenta con la camisa de fuerza del análisis marxista tradicional, que ignora el papel central del trabajo reproductivo en el mantenimiento de la vida. Ella podría preguntar con Maria Mies: «¿Por qué es considerado valioso el trabajo que produce un automóvil, pero el trabajo que produce un ser humano no tiene valor?».

La idea de que el trabajo doméstico no remunerado genera ganancias indirectas para el capitalista sólo se formuló mucho más tarde, incluso a partir de las indicaciones de la misma Rosa en su obra de economía política, como veremos más adelante.

Y, finalmente, la consideración de que sólo en la lucha, en la acción, la mujer se humaniza. Lo que se asemeja a una consigna actual de las feministas de San Pablo: «Ni recatada ni del hogar, la mujer en la calle es para luchar». Son insights que Rosa no desarrolla, pero que muestran como era sensible a la opresión de las mujeres, especialmente de las pequeñas campesinas, negras e indígenas, las más oprimidas entre las oprimidas. Lejos del feminismo liberal de nuestros días, Rosa Luxemburgo defendió el feminismo para el 99% e hizo suyas las palabras de Charles Fourier: «En toda sociedad el grado de emancipación femenina es la medida natural para la emancipación general».

Las feministas y Rosa Luxemburgo

Las feministas alemanas de los años 1980 fueron las primeras en apropiarse creativamente de las ideas de Luxemburgo, al ver que podían aportar para una política diferente a la masculina, más cercana a las necesidades humanas, menos tecnocrática, menos beligerante, menos destructiva. En un principio, Rosa apareció como inspiración por ocupar el espacio público como intelectual, oradora, periodista, profesora en la escuela del partido, y también por su vida privada, alejada de los valores burgueses hipócritas. En una época en que era consenso que la participación femenina en el espacio público representaba un avance en términos de humanización, fue necesario ver a las mujeres en altos cargos para perder las ilusiones al respecto.

Yendo más lejos, las feministas se dieron cuenta de que el eje del pensamiento político de Rosa Luxemburgo -las masas solo se libertan a través de su acción autónoma- también era válido para la emancipación de las mujeres. Al igual que las masas, si las mujeres no actúan por sí mismas, los demás siempre actuarán sobre ellas. La emancipación de los subalternos, sean una clase, sean las mujeres, sólo puede resultar de la acción autónoma de los interesados. La libertad otorgada no es libertad.

Pero la teorización feminista inspirada en Rosa fue más allá de la idea básica de la autoemancipación de las mujeres al incorporar la tesis central de La Acumulación del Capital, su principal obra de economía política. En términos muy esquemáticos: el capital necesita dominios externos a él para reproducirse y en este proceso de “acumulación primitiva permanente” destruye con violencia los dominios extracapitalistas al transformarlos en mercancías. Esta era la explicación teórica de Luxemburgo para los orígenes del imperialismo, que sigue explicando el proceso de saqueo y exterminio al que están sometidas las poblaciones en América Latina.

En la década de 1980, las feministas actualizaron esta tesis al mostrar que los espacios de acumulación del capital no son sólo geográficos, sino también sociales, e incluyeron el trabajo doméstico no remunerado de las mujeres, que permite que el capital pague salarios más bajos a los trabajadores varones. El trabajo flexible, precario, mal remunerado – o no remunerado – de las mujeres se ha convertido en el punto de referencia para la acumulación del capital a gran escala.

Una de las autoras más conocidas de esta corriente, la citada Maria Mies, muestra que el capitalismo contemporáneo, para expandirse, necesita extraer valor tanto de las colonias y de la naturaleza como de las amas de casa como sectores no mercantiles. La madre naturaleza, las mujeres y las colonias son centrales y no periféricas en el proceso de acumulación del capital. Este conjunto de ideas es inspirador para las feministas de América Latina, como señala Hernán Ouviña en su hermoso libro sobre Rosa Luxemburgo.

¿Una ecosocialista adelantada a su tiempo?

Puede parecer excesivo ver a Rosa como una precursora del ecosocialismo, pero lo cierto es que su profundo amor por la naturaleza la convierte en una socialista muy especial en comparación con sus compañeros de partido. Por vocación Rosa Luxemburgo se habría dedicado a las ciencias de la naturaleza si el deber moral de luchar por el cambio social no se hubiera impuesto. Su conexión con la naturaleza – que aparece en las cartas escritas desde la prisión durante la Primera Guerra Mundial, cuando, impedida por la censura de hablar de política, envía a sus amigas y amigos hermosas y detalladas descripciones de plantas, animales, nubes – es un rasgo tan constitutivo de su personalidad que es imposible entender a Rosa si no se lo tiene en cuenta. Tampoco nos podemos olvidar del herbario casi profesional al que se dedicó entre 1913 y 1918.

Rosa resume su conexión con la naturaleza en una carta a su amiga Sonia Liebknecht, del 12 de mayo de 1918. Al comentar la indiferencia de los habitantes de las ciudades en relación a los árboles y los animales, escribe: “En mí, por el contrario, la fusión íntima con la naturaleza orgánica … adopta formas casi enfermizas, lo que probablemente tiene que ver con mi estado de nervios … desde mi celda delgados hilos invisibles me conectan con miles de criaturas pequeñas y grandes en todas las direcciones”.

Una carta anterior, del 2 de mayo, a la misma amiga, es aún más sugerente sobre este tema. Rosa confiesa su sufrimiento al leer, en prisión, un libro que explicaba cómo la desaparición de las aves canoras en Alemania se debía a la creciente destrucción de los bosques y a la agricultura mecanizada. Y compara la aniquilación lenta y silenciosa de «estas pequeñas criaturas indefensas» con el exterminio de los indígenas norteamericanos, que fueron «expulsados ​​poco a poco de su tierra por los hombres civilizados y entregados a una decadencia muda, cruel».

En este pasaje vemos claramente el vínculo entre las cuestiones ambientales y sociales. Es cierto que no se trata de una reflexión teórica, son más bien manifestaciones de su forma espontánea de ser, que forman parte de una visión de mundo generosa que abarca todas las formas de vida. Esto nos da elementos para pensar en una concepción posthumanista del socialismo, que otorgue la misma dignidad a todas las manifestaciones de vida: animales, plantas, humanos. Y en el reino de los humanos todos tienen su lugar, especialmente los pobres, los infelices, los maltratados, los despreciados, los “humillados y ofendidos”, las poblaciones originarias exterminadas o saqueadas. En una palabra, todos los que han sido y son marginados por la aplanadora de la modernización capitalista.

Hoy Rosa estaría al lado de los que luchan contra la extinción de la vida en la Tierra, de los que defienden la convivencia armoniosa entre los humanos y la naturaleza. De quienes rechazan la idea de que los humanos tienen derecho a expropiar la naturaleza como recurso con el objetivo de obtener lucro, precisamente porque se creen el centro de la creación al que todo lo demás está subordinado.

Contra este imperialismo antropocéntrico, Rosa escribe a Luise Kautsky, el 15 de abril de 1917: “Me doy por feliz por estar viva, todas las mañanas inspecciono con atención los brotes de mis arbustos, visito todos los días una vaquita de San Antonio roja con dos pintitas negras en la espalda que desde hace una semana mantengo viva en una rama a pesar del viento y el frio, protegida por el calor de un vendaje de gasa, observo las nubes siempre nuevas y más bonitas y siento que no soy para nada más importante que esta vaquita de San Antonio, y soy indescriptiblemente feliz en este sentimiento de mi pequeñez».

Rosa Luxemburgo quería no solamente oportunidades iguales para hombres y mujeres dentro de los límites de la sociedad patriarcal-capitalista, sino terminar con el sistema de explotación y dominación de los seres humanos por los seres humanos y de la naturaleza por el capital. Por eso luchó toda su vida por una sociedad justa y libre, sinónimo de socialismo. En esta época de desmantelamiento de la civilización, cuando la “nueva normalidad” que se anuncia puede significar el fin de la vida en la Tierra, su proyecto nos sigue interpelando.

* Isabel Loureiro es doctora en Filosofía por la Universidad de San Pablo y es considerada la mayor especialista de la obra de Rosa Luxemburgo en América Latina. Publicó entre otros: Rosa Luxemburgo — os dilemas da ação revolucionária y A Revolução Alemã (1918-1923).

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